lunes, 6 de agosto de 2007

No hay que follarse a Ramón (verdad verdadera) Creatura Nº 18 Creatura Fantasma

13 X 21 Delirio vano è questo!

No hay que follarse a Ramón (verdad verdadera)

Yo ya lo sabía. Era una idea que tenía de siempre en la cabeza y que había llegado allí sin que yo supiera cómo. Pero allí estaba como una de esas verdades que se tienen en la cabeza sin saber por qué pero que son ciertas siempre: que las rubias ligan más, que las rubias son tontas, que las rubias no se depilan el bigote, que las rubias son del Madrid, que las rubias, en fin, son rubias naturales todas.
Claro que yo ya lo sabía. Y hasta lo aplicaba en la vida real desde bien pequeñita. Bien es cierto que al único Ramón que yo conocía era un primo de mi padre y era evidente que con él no iba a hacer eso nunca, y no sólo por el parentesco, también tenía que ver su olor corporal (calificado por su mujer como perfume de rosas y por mi madre como perfume de fosas), su cabello pelirrojo (¡Aquí pelirrojos no! era mi lema de cabecera hasta ese momento) y sobre todo por el excesivo tamaño de su cabeza que hacía de él lo más parecido del mundo a un tentetieso. De hecho se balanceaba al caminar cómicamente igual que si fuera un tentetieso o un poeta que acabara de cobrar.
Y aunque yo ya lo sabía un día me desperté sobresaltada por la idea, la grité en sueños y empapada en sudor levanté la cabeza y lo que no es la cabeza de la almohada con los ojos casi en blanco y la repetí varias veces al derecho y al revés como la niña de esa película: Pocahontas. Había sido como una revelación. Y la revelación me decía que debía difundir la palabra. Yo era como una profetisa, como una Jesucrista (con perdón a la Iglesia y a la Real Academia). Debía difundir mi mensaje. Pero tenía varios problemas para hacerlo:
1. ¿Cómo difundir el mensaje? Había muchas posibilidades de hacerlo: por la televisión, por los periódicos, por internet, por un megáfono atornillado a la baca de un coche, asomándome a la ventana y gritándolo.
2. ¿Quién era ese Ramón del que hablaba mi profecía?
Estos problemas y otros que no eran estos, como que me pondría para lo boda de mi prima, me atormentaban continuamente. No podía dormir, no podía comer, no podía beber, no podía fumar, no podía esnifar Vicks VapoRub pese a estar brutalmente constipada y no podía hacer ninguna de las otras cosas que hacen el mundo maravilloso como tirar tartas de crema a la cara de mujeres gordas que fue siempre mi entretenimiento favorito y la disciplina en la que fui campeona provincial amateur.
Me propuse ir por partes y resolver primero la forma de difundir mi mensaje. En primer lugar pinté varias pancartas con letras bien grandes y las colgué en las ventanas y en los balcones de mi casa. La gente llamaba a mi puerta para pedirme explicaciones. “Nena, ¿Quién es ese Ramón y qué te ha hecho que le parto la boca?” Me dijo mi hermano. “Hola, me llamó Ramón, ¿Es eso una insinuación?” Me dijo un tipo asqueroso que además llevaba pantalones pirata. “Oye, mi marido se llama Ramón, ¿Te importaría darme un cartelito de esos para que lo ponga en la cama a ver si capta por fin el mensaje?” Me dijo una señora de casi cuarenta años y con pinta de tener un amante cubano. Y así fui recogiendo multitud de mensajes pero ninguno me encaminaba al Ramón al que yo me refería. Decidí ser más agresiva y salí una noche a hacer pintadas en los muros de las calles más céntricas. Así seguro que encontraba a ese Ramón. Después de dos pintadas me paré en una casa con una pared blanca y enorme. Ya había terminado de escribir “NO HAY” cuando me cayó del balcón un cubo de agua que me hizo desistir de mi tarea. Busqué una nueva pared y la encontré, pero con tan mala suerte que al minuto de empezar a pintar apareció la policía y me detuvo. Aún hoy me pregunto como llegaron tan rápido. Y me contesto que seguramente tenga que ver con el hecho de haber intentado hacer una pintada en el muro de la comisaría. Soy una profetisa, pero no soy muy lista. Tampoco así logré encontrar al Ramón que yo buscaba. Mi mensaje, empero, se iba difundiendo y muchos Ramones me llamaban a casa diciendo que hacía meses que no conseguían tener relaciones por mi culpa. Otros Ramones me llamaban para felicitarme porque ahora ligaban más que nunca. El mundo es raro.
Mi siguiente paso fue abrir un blog en internet. Allí difundí la palabra, el mensaje y mis opiniones sobre ballet ruso contemporáneo. Después de Prokofiev no hay nada. Tampoco conseguí mi propósito. En realidad yo no sabía cuál era mi propósito y por eso me conformaba con difundir la palabra y con lo del ballet ruso. Después de varios meses empecé a cansarme del tema. Mis amigos me habían abandonado. Mi hermano no me hablaba. Mi madre ya no me hacía natillas. Mi perro se fue con otra más guapa. La vida se volvió asquerosa. Decidí dejar el tema. Nada bueno podría para mí salir de aquello. Cerré el blog y descolgué las pancartas. Mi vida volvió a su normalidad. Mis amigos volvieron a hablarme, mi perro volvió a sacarme de paseo y dejó a la guapa, mi hermano volvió a pedirme dinero. Mi madre nunca más me ha hecho natillas. Es una rencorosa. La cosa siguió como antes de mi obsesión por aquel mensaje que se me apareció en sueños. Pasados dos años conocí a un chico en el supermercado y empecé a salir con él. Se llamaba Enrique Castro, aunque todos le llamaban, no sé por qué Quini. El día que estuve en su casa por fin conseguí entenderl0 todo: su perro se llamaba Ramón Ramírez.
A Cristina, también eximia y en ocasiones hasta excelsa.

2 comentarios:

Cristina dijo...

Ante este numero no me puedo quedar impasible y darte las gracias por la dedicatoria, además de ver pinceladas de una noche cualquiera y a la par loca, que viendo que puede quedar plasmada en un artículo gana importancia.
Me gusta la historia

Rubén dijo...

Y yo estoy encantado con que te guste. Y con que digas verdades como puños ¡No hay que f*** a Ramón!