lunes, 3 de septiembre de 2007

Vamos al Chad, ese. Cuento de amor. Creatura nº 19.

13x21 Delirio vano é questo!

Vamos al Chad, ese. Cuento de amor.

Como Isak Dinesen, Ana tenía una granja, vale que no la tenía en África, pero la tenía en la famosa y cosmopolita villa de Esquivias, que no es África, pero de noche lo parece. ¿Por qué lo parece? Por la misma razón que de noche nosotros nos parecemos a George Clooney.
Ana era, por lo tanto, granjera y estaba muy contenta con serlo. Por la mañana ordeñaba las vacas y por la noche no, porque no siempre se pueden hacer las mismas cosas. Por la noche Ana se dedicaba a otros menesteres como ver la tele, fumar, cenar y otras cosas que no hace falta decir porque no se me ocurren ahora mismo. El caso es que Ana lo pasaba bastante bien siendo granjera, aunque a veces pensaba que estaría mejor ser otra cosa como bombera, pero como las bombas le asustaban bastante pensaba que ser granjera era lo suyo. Sólo una pega encontraba Ana a su vida, estaba un poco sola. Sí, tenía a sus caballos, sus vacas, sus cerditos y sus bichos en general, pero echaba de menos una compañía humana. De pequeña Ana había ido a la escuela y había hecho muchos amigos, pero ahora, viviendo en su granja pocos iban a verla. Además el trabajo de la granja era muy engorroso, y le fastidiaba el fin de semana y los festivos y así no había manera de hacer vida social de ninguna clase. Y por supuesto Ana no podía encontrar así un buen novio que se convirtiera en un buen marido que se convirtiera en un buen padre que se convirtiera en un buen abuelo que se convirtiera en un buen organillo que se convirtiera en un buen perchero que se convirtiera en un buen cristiano… Creo que me he liado, pero así era al fin y al cabo.
Así que muchas noches Ana las pasaba preguntándose si algún día conocería a alguien y cómo sería y tal y cual. La verdad es que con ese tema Ana se ponía un poco pesada y Marcial que era el cerdo más bonito de la granja se hartaba de ella cuando le contaba estas cosas y le tiraba mordiscos a ver si conseguía que de una vez dejara de contarle aquellas cosas que a él, sinceramente, le daban igual porque tenía a todas las cerdas que quería allí mismo.
De repente un día entró el siglo XXI en la granja de Ana: se compró un ordenador y una línea ADSL para internet. Al principio Ana no sabía muy bien que hacer con aquello. El aparato aquel no daba leche ni jamones ni era como el tractor, que movías una palanca y levantaba el arado. Era un aparato poco colaborador que hacía más bien lo que quería y que se quedaba como muerto cuando le daba la gana. Ana supo entonces que la informática es un engaño de los grandes. Aún así Ana le encontró el lado bueno a eso de internet. Todas las noches se las pasaba conectada a diversos chats de esos. Los chats esos son de un aburrido infamante pero a Ana le hacían gracia, porque podía hablar con la gente de Marcial y de sus gallinas que tenían nombres extravagantes como Julia, Francisca, Juana o María. Con el tiempo Ana llegó a ser una experta en eso de los chats y tenía en ellos muchos amigos y amigas.
Además a Ana el ordenador le sirvió para más cosas, como llevar la economía de la granja y anunciar su leche en internet. Sucedió que una gran marca de leche aceptó su oferta y todos los días venía un camión a llevarse la leche de sus vacas. Como los camiones son así de chulos tenía que venir un chico conduciéndolo. Se llamaba Pascual, estaba un poco harto de la broma fácil y era poco hablador. Pese a ello Ana le contaba todo lo que le ocurría en los chats esos, aunque la verdad es que Pascual no le prestaba mucha atención.
El tiempo fue pasando y Ana se iba divirtiendo con su ordenador como una energúmena con un tentetieso o más. Sucedió que un día Ana conoció por internet a un tipo que podríamos llamar siniestro, pero ocurriría que si lo llamamos así mentiríamos, y ya nos dijeron de pequeños que mentir está mal, así que no diremos que era siniestro, sino agradable. La verdad es que el tipo era la mar de simpático, iba por la calle siempre dando palmas y a la mínima se ponía a bailar sevillanas y otras cosas de esas que se bailan. Para este hombre cuyo nombre no sabemos pero al que todo el mundo conocía por Pepe, la vida era una juerga y se lo pasaba fenomenal el tío con cualquier cosa. Veía una mosca y ¡hala! diversión, veía un tranvía y ¡hala! diversión, veía un accidente de tráfico y ¡hala! diversión. Era un tipo la mar de salado y sucedió lo que suele suceder en estos casos y en otros que no son estos casos pero se parecen, es decir, que Ana y Pepe se enamoraron mutuamente entre sí. Se pasaban las horas hablando por el chat ese y diciéndose tonterías, que en realidad es lo que hacen todos los novios sólo que los otros novios lo hacían en vivo y en directo que es como más cursi. Estuvieron así mucho tiempo, un año o más, tal vez menos, no lo sé porque no entiendo bien los calendarios. Decidieron que en el aniversario de no se qué cosa debían conocerse y quedaron citados en la plaza de la famosa y cosmopolita villa de Esquivias. Ana llevaría una rosa en la boca y él la llevaría en la oreja. A la hora de esperar Ana se quitó la rosa de la boca porque no podía respirar. A las dos horas Ana decidió sentarse porque se le iban cansando las piernas. A las cuatro horas decidió volver a la granja porque ya llevaba tres horas lloviendo y no era plan de constiparse. Ana se puso muy triste y lloraba a todas horas y estornudaba como una burra porque había cogido un constipado de toma pan y moja. Pepe le explicó que no podía ser más su novio porque su mujer no le dejaba. Y es que realmente la mujer de Pepe para esas cosas era muy desaboría. Así que Ana se quedó otra vez sola, pero con su ordenador del alma conoció a otro novio y luego a otro y a otro, total que tenía tres novios y pensó que así sería mejor porque podría elegir y tendría un recambio por si acaso. Pero pasó que Ana acabó casándose con Pascual que un día la raptó y se la llevó a conocer Zamora en su camión.
- Vamos al Chad, ese. Le sugirió Pascual tras el volante.
- No que está muy lejos. Contestó Ana sobeteándole.

Este cuento NO está dedicado a Ana de Esquivias. Y sobre todo y para que quede bien clarito, NO está escrito para Ana de Esquivias. La gente para la escribo sabe bien quien es. A los otros sólo les dedico, cariñosamente, lo que escribo, sin que eso signifique que escribo para ellos o de ellos (qué vulgaridad). Quede claro como el agua clara que baja del monte.
Sí está dedicado a Zaira, porque me da la gana. Y para Javier Aguirre, por no fichar a Riquelme. Y para el pato de peluche de mi sobrina, que dice cua cua cuando le aprietas la barriga, que ya es mucho decir para cualquiera y más si se es de peluche.

3 comentarios:

CRISTINA dijo...

Jo con esta post data ha ganado mucho el cuento jajajajaja... vamos que la nueva imprenta es muy buena, pero aparecen cosas que no quieres que aparezcan o que?

Rubén dijo...

son cosas de la gente. ya te contaré, porque no todos se toman tan bien como tú el haber salido en el Creatura.

Julio Vegas dijo...

¡Pues si que se toman a pecho las cosas algunas personas! Vamos, ni que una dedicatoria significase el toque de la muerte...