Doce de la noche de un día cualquiera. Andreu Buenafuente comienza su monólogo diario en su programa de televisión. Los monólogos de Buenafuente, como todos los monólogos humorísticos, van contados en primera persona, con lo cual es el propio Andreu el protagonista de la narración, pues no es otra cosa un monólogo que una narración. Así son también los que inician los episodios de Seinfeld, o los de cualquier humorista. En el monólogo Andreu va contando sus experiencias propias en torno a un tema de mayor o menor actualidad. Funcionan sus monólogos un poco como un artículo de opinión, toman un punto de partida en un tema actual y después se vuelven a la propia experiencia del autor. La pregunta surge al pensar si lo que Buenafuente nos cuenta es real o no, es cierto o no, es realidad o ficción. Los personajes que se suceden en sus narraciones: él mismo, su madre, el famoso de turno, sus amigos, sus ligues, existen en la realidad, pero ¿son reales? La respuesta es evidente: no. Ni siquiera el Andreu de los monólogos es real, por más que sea él mismo el que nos lo cuenta de viva voz y con vivos gestos. Los monólogos de Andreu son una ficción. Una ficción con apariencia real, pero ficción al fin y al cabo. Tomemos otro ejemplo. Otro humorista. Joaquín Reyes. Conocido por sus “imitaciones” de personajes famosos, es fácilmente comprensible que los personajes que presenta en sus gags Joaquín Reyes no son reales. Ni siquiera, como sí ocurría en el caso de Andreu, realistas. Son una ficcionalización de la realidad para volverla más humorística, más conveniente a su propósito de, en principio, hacer humor.
Es decir, que tanto Andreu como Joaquín toman la realidad como punto de partida y a partir de ella la cuentan a su forma para conseguir un propósito: hacer humor. Ficcionalizan la realidad al contarla. La modelan a su manera para lograr un propósito, para contar una historia. ¿Falsean la realidad? No estrictamente, pero lo que cuentan es claramente mentira.
Generalicemos. Podemos decir que todo aquello que se contiene en una narración literaria o con un propósito de literaturización es ficticio. Todo aquello que se cuenta en una novela, pese a que pueda estar basado en la realidad, es ficticio. Incluso novelas históricas (dejemos a un lado la supuesta nueva novela histórica y fijémonos en la del siglo XIX) como La espada de San Fernando o El señor de Bembibre que narran hechos que ocurrieron en la realidad no son más que artificios, narraciones, ficciones al fin y al cabo por mucha realidad que contengan. Es, en consecuencia, posible afirmar que todo aquello que es narrado con afán de ser “literario” en un sentido amplio de esta palabra es ficción. Incluso si cuenta una historia real y verdadera que aconteció a personas reales y verdaderas de un tiempo y un lugar reales y verdaderos.
No parece posible, pues, la confusión entre la realidad y la ficción. Sólo lo narrado con vocación de contar una experiencia, estamos refiriéndonos a las narraciones orales de cualquier persona que cuenta algo que un día le sucedió, es en principio y con salvedades, real. Cabría añadir aquí que una definición correcta de qué es un hombre no puede menoscabar la afirmación de tantos profesores de gramática: el hombre es un ser narrativo. Continuamente estamos narrando al resto de hombres nuestras vivencias, experiencias que sí son en precipicio reales, pero una vez introducidas en un ámbito literario, por mínimo que sea, dejan de ser realidad para convertirse en ficción, se han ficcionalizado. Así sucede en la novela, en el teatro, en el cine, en los monólogos humorísticos.
Confusión realidad y ficción.
Si el camino que separa a la realidad de la ficción se muestra tan claro, por qué sucede entonces la confusión. Podemos afirmar que en ocasiones esa
confusión es buscada por el autor. Buenafuente busca
que sus monólogos sean realistas, tengan una apoyatura fuerte en lo real y puedan así ser más creíbles. Estamos ante un nuevo término: realismo. A lo más que puede aspirar una narración es a ser realista, nunca será real por las razones que hemos ido exponiendo, por la fuerza de la narración literaturizada que hace que todo lo narrado se convierta en ficción.
La confusión entre realista y real es más plausible, aún así es evidente que lo real y lo realista no son coincidentes. No creemos en la existencia de ese Buenafuente oficinista ni en la de los personajes de Dickens por más realistas que ambos sean.
La confusión entre realidad y ficción es mucho más complicada de explicar en otros ámbitos. Nadie cree las historias de Superman, ni las de Groucho Marx. No son realistas. No son verosímiles. No son reales. Son ficción pura y dura y la confusión ahí es mucho menor, pese a que ocurra en ocasiones. Cómo alguien puede pensar en la realidad de estas narraciones escapa a nuestro entender. Tal vez la fuerza de la narración, la sugestión de los personajes o la inexperiencia de los receptores de la narración.Concluyamos esta somera y un tanto confusa aproximación a lo real y lo ficticio con un pensamiento de Javier Marías: “No es bueno confundir la realidad con la ficción”.
A Cristina. En realidad debiera estar dedicado a otra persona. Pero como esa persona no quiere que se le dedique nada va para Cristina, que defiende, empero, que todo vaya para esa persona.
jueves, 29 de noviembre de 2007
miércoles, 24 de octubre de 2007
La mujer que no podía dejar de hacer preguntas y el hombre que sólo podía decir no. Escena de amor. Creatura Nº 22.
Delirio vano è questo!
La mujer que no podía dejar de hacer preguntas y el hombre que sólo podía decir no. Escena de amor.
La escena es una cafetería. Mesas, sillas, ocupadas o llenas al fondo. En primer plano un hombre y una mujer. Ella es rubia y con el pelo rizado. Él no. Hay, sobre la mesa, un café, los restos de un azucarillo, un bolso y un refresco del que él bebe de vez en cuando. Cuando sube el telón la conversación ya hace rato que ha comenzado.
Mujer: ¿Quieres venir al cine el viernes?
Hombre: (Sorprendido) No.
Mujer: ¿Y el sábado?
Hombre: (Turbado) No.
Mujer: ¿Y el domingo?
Hombre: (Más turbado todavía) No.
Mujer: (Empezando a enfadarse) ¿Será posible? ¿No te gusta el cine?
Hombre: (Sincero) No.
Mujer: (Más calmada ya) ¿Es que te asusta la oscuridad?
Hombre: (Seguro) No.
Mujer: (Un poco incitante) ¿Tienes miedo a que te ataque cuando se apague la luz?
Hombre: (Tontín) No.
Mujer: (De nuevo enfadada) ¿Por qué no? ¿Es que crees que no puedo hacerlo?
Hombre: (Abstruso) No.
Mujer: (Confusa) ¿Lo crees o no lo crees?
Hombre: (Frío) No.
Mujer: (Aliviada) ¿Es posible entonces que vengas al cine conmigo?
Hombre: (Sincero) No.
Mujer: ¿Entonces podemos ir al teatro?
Hombre: (Convencido) No
Mujer: ¿No te gusta tampoco el teatro?
Hombre: (Mentiroso) No.
Mujer: ¿Es porque es aburrido?
Hombre: (Sin convicción) No.
Mujer: ¿Es porque ya no hay buenos autores?
Hombre: (Confuso) No.
Mujer: (Escamada). ¿Crees que hay buenos autores?
Hombre: (Recuperando la seguridad) No.
Mujer: ¿Ves?
Hombre: (Rotundo) No.
Mujer: ¿No ves que nos gustan las mismas cosas?
Hombre: (Más rotundo) No.
Mujer: ¿No ves, amor mío, que somos almas gemelas?
Hombre: (Rotundísimo) No.
Mujer: (Llorando a moco tendido) ¿Es que no me quieres?
Hombre: (Con la mosca tras la oreja) No.
Mujer: (Llorando más aún) ¿Es que no soy atractiva?
Hombre: (Valorándola) No.
Mujer: (Al borde de la apoplejía por llanto) ¿Tan fea soy?
Hombre: (Mirándola el escote) No.
Mujer: (Calmada de repente) ¿No soy fea?
Hombre: (Sonriente) No.
Mujer: (Con cierto aire de suripanta) ¿No crees que hay por ahí muchas mujeres mucho más guapas que yo?
Hombre: (Engatusándola) No.
Mujer: (Casi melosa) ¿Crees que soy más atractiva que Scarlett Johansson?
Hombre: (Casi jurando sobre la Biblia) No.
Mujer: (Una vez más enfadada) ¿Serás…?
Hombre: (Inconsciente) No.
Mujer (Pensativa) ¿Crees que Elsa Pataki es más atractiva que yo?
Hombre: (Mintiendo como un bellaco) No.
Ella se acerca y lo besuquea por todas partes, él se muestra un poco indiferente, sobre todo al principio, luego resignado y finalmente complacido. Cualquiera podría pensar que ella ya le ha cogido el truco a él.
Mujer: ¿Así que soy la mujer más atractiva de España?
Hombre: (Con certidumbre) No.
Mujer: (Sorprendida) ¿No?
Hombre: (Con más certidumbre) No.
Mujer: (Volviendo a enfadarse porque, aunque parezca mentira, no ha cogido el truco, aunque tal vez lo vaya pillando ya) ¿Soy la más atractiva de Toledo?
Hombre: (Con tanta certidumbre que asusta) No.
Mujer: (Empezando a perder los nervios) ¿Soy la más atractiva de Illescas?
Hombre: (Certidumbre y media) No.
Mujer: (A punto de darle de bofetadas) ¿Me quieres decir quién es más atractiva que yo en este pueblo?
Hombre: (Asustado) No.
Mujer: (Comprendiendo de repente) ¿Hay en Illescas una mujer más atractiva que yo?
Hombre: (Meloso) No.
Mujer: ¿Hay en Toledo una mujer más atractiva que yo?
Hombre: (Tierno) No.
Mujer: (Manejando ya la situación) ¿Me odias?
Hombre: (Más meloso) No.
Mujer: ¿Me detestas?
Hombre. (Todavía más meloso) No.
Mujer: ¿Estarías con cualquier otra antes de estar conmigo?
Hombre: (Timándose con ella) No.
Mujer: ¿Es cierto que no me quieres?
Hombre: (Pudoroso) No.
Mujer: (Que en el calor del momento se equivoca) ¿Así que me quieres?
Hombre: (Confuso) No.
Mujer: (Con la felicidad extrema de quien ha conseguido lo que quería) ¿Hay una mujer en el mundo a la que quieres más que a mí?
Hombre: (Rojo de vergüenza) No.
Mujer: (Extasiada) ¿Podríamos ser más felices?
Hombre: (Feliz) No.
Mujer: (Viendo su oportunidad) ¿Te gustaría casarte con mi hermana?
Hombre: (Negando también con la cabeza) No.
Mujer: (En el momento más feliz de su vida porque por fin ha sido mejor que su hermana) ¿Quieres que no nos casemos en mayo?
Hombre: (Sincero) No.
Mujer: (En el paroxismo mismo del disfrute) ¿No es fantástico?
Hombre: (Resignado) No.
Pagan, se marchan de la cafetería y se alejan ambos cogidos de la mano, mientras estúpidamente cae el TELÓN.
[Dedicado a los amigos que desde México visitan tan frecuentemente este blog.]
La mujer que no podía dejar de hacer preguntas y el hombre que sólo podía decir no. Escena de amor.
La escena es una cafetería. Mesas, sillas, ocupadas o llenas al fondo. En primer plano un hombre y una mujer. Ella es rubia y con el pelo rizado. Él no. Hay, sobre la mesa, un café, los restos de un azucarillo, un bolso y un refresco del que él bebe de vez en cuando. Cuando sube el telón la conversación ya hace rato que ha comenzado.
Mujer: ¿Quieres venir al cine el viernes?
Hombre: (Sorprendido) No.
Mujer: ¿Y el sábado?
Hombre: (Turbado) No.
Mujer: ¿Y el domingo?
Hombre: (Más turbado todavía) No.
Mujer: (Empezando a enfadarse) ¿Será posible? ¿No te gusta el cine?
Hombre: (Sincero) No.
Mujer: (Más calmada ya) ¿Es que te asusta la oscuridad?
Hombre: (Seguro) No.
Mujer: (Un poco incitante) ¿Tienes miedo a que te ataque cuando se apague la luz?
Hombre: (Tontín) No.
Mujer: (De nuevo enfadada) ¿Por qué no? ¿Es que crees que no puedo hacerlo?
Hombre: (Abstruso) No.
Mujer: (Confusa) ¿Lo crees o no lo crees?
Hombre: (Frío) No.
Mujer: (Aliviada) ¿Es posible entonces que vengas al cine conmigo?
Hombre: (Sincero) No.
Mujer: ¿Entonces podemos ir al teatro?
Hombre: (Convencido) No
Mujer: ¿No te gusta tampoco el teatro?
Hombre: (Mentiroso) No.
Mujer: ¿Es porque es aburrido?
Hombre: (Sin convicción) No.
Mujer: ¿Es porque ya no hay buenos autores?
Hombre: (Confuso) No.
Mujer: (Escamada). ¿Crees que hay buenos autores?
Hombre: (Recuperando la seguridad) No.
Mujer: ¿Ves?
Hombre: (Rotundo) No.
Mujer: ¿No ves que nos gustan las mismas cosas?
Hombre: (Más rotundo) No.
Mujer: ¿No ves, amor mío, que somos almas gemelas?
Hombre: (Rotundísimo) No.
Mujer: (Llorando a moco tendido) ¿Es que no me quieres?
Hombre: (Con la mosca tras la oreja) No.
Mujer: (Llorando más aún) ¿Es que no soy atractiva?
Hombre: (Valorándola) No.
Mujer: (Al borde de la apoplejía por llanto) ¿Tan fea soy?
Hombre: (Mirándola el escote) No.
Mujer: (Calmada de repente) ¿No soy fea?
Hombre: (Sonriente) No.
Mujer: (Con cierto aire de suripanta) ¿No crees que hay por ahí muchas mujeres mucho más guapas que yo?
Hombre: (Engatusándola) No.
Mujer: (Casi melosa) ¿Crees que soy más atractiva que Scarlett Johansson?
Hombre: (Casi jurando sobre la Biblia) No.
Mujer: (Una vez más enfadada) ¿Serás…?
Hombre: (Inconsciente) No.
Mujer (Pensativa) ¿Crees que Elsa Pataki es más atractiva que yo?
Hombre: (Mintiendo como un bellaco) No.
Ella se acerca y lo besuquea por todas partes, él se muestra un poco indiferente, sobre todo al principio, luego resignado y finalmente complacido. Cualquiera podría pensar que ella ya le ha cogido el truco a él.
Mujer: ¿Así que soy la mujer más atractiva de España?
Hombre: (Con certidumbre) No.
Mujer: (Sorprendida) ¿No?
Hombre: (Con más certidumbre) No.
Mujer: (Volviendo a enfadarse porque, aunque parezca mentira, no ha cogido el truco, aunque tal vez lo vaya pillando ya) ¿Soy la más atractiva de Toledo?
Hombre: (Con tanta certidumbre que asusta) No.
Mujer: (Empezando a perder los nervios) ¿Soy la más atractiva de Illescas?
Hombre: (Certidumbre y media) No.
Mujer: (A punto de darle de bofetadas) ¿Me quieres decir quién es más atractiva que yo en este pueblo?
Hombre: (Asustado) No.
Mujer: (Comprendiendo de repente) ¿Hay en Illescas una mujer más atractiva que yo?
Hombre: (Meloso) No.
Mujer: ¿Hay en Toledo una mujer más atractiva que yo?
Hombre: (Tierno) No.
Mujer: (Manejando ya la situación) ¿Me odias?
Hombre: (Más meloso) No.
Mujer: ¿Me detestas?
Hombre. (Todavía más meloso) No.
Mujer: ¿Estarías con cualquier otra antes de estar conmigo?
Hombre: (Timándose con ella) No.
Mujer: ¿Es cierto que no me quieres?
Hombre: (Pudoroso) No.
Mujer: (Que en el calor del momento se equivoca) ¿Así que me quieres?
Hombre: (Confuso) No.
Mujer: (Con la felicidad extrema de quien ha conseguido lo que quería) ¿Hay una mujer en el mundo a la que quieres más que a mí?
Hombre: (Rojo de vergüenza) No.
Mujer: (Extasiada) ¿Podríamos ser más felices?
Hombre: (Feliz) No.
Mujer: (Viendo su oportunidad) ¿Te gustaría casarte con mi hermana?
Hombre: (Negando también con la cabeza) No.
Mujer: (En el momento más feliz de su vida porque por fin ha sido mejor que su hermana) ¿Quieres que no nos casemos en mayo?
Hombre: (Sincero) No.
Mujer: (En el paroxismo mismo del disfrute) ¿No es fantástico?
Hombre: (Resignado) No.
Pagan, se marchan de la cafetería y se alejan ambos cogidos de la mano, mientras estúpidamente cae el TELÓN.
[Dedicado a los amigos que desde México visitan tan frecuentemente este blog.]
miércoles, 26 de septiembre de 2007
El camelo de la poesía. Creatura Nº 21.
El camelo de la poesía.
Es un hecho fácilmente comprobable que la poesía es el género literario que más fácilmente cala en un lector, en un receptor. De ahí que cualquier persona sea capaz de repetir un romance, una coplilla o al menos el estribillo de una canción. Sin embargo, es también la poesía el género literario más difícil de comprender para el lector, para el receptor. Podemos asegurar sin temor a equivocarnos demasiado que más de la mitad de las personas entrevistadas en una hipotética encuesta no sabría decirnos con claridad qué quiere decir un poeta en su poema. De ahí esa realidad dura pero innegable de la inutilidad de la poesía. Si existen poemas perfectos, de una belleza insoslayable, pero incomprensibles, son del todo inútiles, al menos mucho más inútiles que ese otro que dice “Que por mayo era por mayo…” ¿Por qué ocurre esto? No somos tan atrevidos como para dar respuestas concluyentes a esta pregunta, pero tal vez podamos centrarnos en otros aspectos que puedan aclarar algo este hecho.
Mirando un poco hacia la historia literaria española podemos comprobar que es sobre todo a partir del siglo XVII con la aparición de las formas poéticas barrocas (culteranismo y conceptismo) cuando empieza a suceder esto. Es cierto que anteriormente ya había poemas sumamente crípticos como Laberinto de Fortuna de Juan de Mena, pero ya decimos que sobre todo a partir de la aceptación del barroco cuando este hecho toma cuerpo definitivamente. La poesía va volviéndose más críptica, más difícil y su significado va dependiendo cada vez más de la inferencia, del resultado del cálculo que vamos haciendo tras descifrar cada verso. Esto hace que la poesía rompa sus lazos con la realidad y también con el lenguaje. La exaltación exagerada de la metáfora hace que el signo lingüístico pierda su referente con la realidad volviéndose así incomprensible para el lector, al menos para el lector no iniciado en los trucos del poeta. Queda así la poesía desconectada de la realidad y ligada a la propia realidad del poeta. De esto modo el poeta crea su propio lenguaje, de fácil comprensión para él mismo y para sus seguidores pero inextricable para los demás. Lleva esto a la desesperación del lector que no entiende lo que el poeta quiere decirle. Todo acto lingüístico, y un poema lo es, tiene su carga comunicativa, pero el poema pierde así su capacidad de comunicar con el lector y la poesía se vuelve un mero objeto, muy bello, muy delicado, pero un objeto al fin y al cabo.
Sucede que el referente y lo referido no son interpretables por el lector, sólo lo son por el emisor. Se vuelve así la poesía individualista e incomprensible, como cuando un niño que empieza a hablar y aún no tiene toda su competencia lingüística crea su propio lenguaje que es comprensible por él y tal vez por su madre, pero que no deja de ser un enigma para todos los demás. Esta transformación de la poesía en un mero objeto, en una especie de jarrón, en un elemento de decoración, se acentúa tras el éxito del barroco. Sucede que el barroco se alarga incansablemente en el siglo XVIII pero va degradándose y se van perdiendo los pocos apoyos que sustentaban en la realidad a las metáforas gongorinas. Así hasta 1750 triunfa el rococó, arte decorativo por excelencia, que nos deja poemas de una gran expresión plástica pero que son puros camelos ya no ininteligibles, sino simplemente faltos de significado. Esto se corrige (la historia de la literatura es una lucha entre acción y reacción y ahora tocaba la reacción) con la aceptación de la poesía neoclásica, fría y desnaturalizada (la reacción es igual de fuerte que la acción que la provoca), pero básicamente comunicativa.
Trasladémonos al siglo XX. Desde el comienzo del siglo, asimilada ya la toda la poesía española y extranjera desde la antigua Grecia hasta el romanticismo, la poesía sigue el camino de la incomprensión. Comienza el siglo con la lucha entre los naturalistas y los modernistas. Las polémicas de entonces nos suenan iguales a las que comenta Luzán en el siglo XVIII. La poesía modernista es de una belleza abrumadora, está rendida a la metáfora y a la sinestesia, pero no tiene capacidad comunicativa, nadie entiende lo que los poetas melenudos y bohemios quieren decir, ni siquiera saben si realmente esos poetas quieren decir algo. Interviene aquí un nuevo factor a la hora de entender la poesía: el elitismo.
La poesía, el arte en general, se vuelve elitista, no va hacia el público, hacia la masa, sino que van hacia una minoría de elitistas que manejan, con su particular diccionario, los tipos y los tópicos del nuevo arte. Para la mayoría, empero, sigue siendo la poesía un arte inaccesible, ciertamente bello, pero incomprensible.
Queda así el modernismo como un arte menor, sobre todo cuando tras ellos y tal vez como una revisión de sus formas llegan los del 98 y dan un contenido a todo ese arte bohemio y preciosista.
Más tarde llegarán las vanguardias (los movimientos de acción y reacción se aceleran como se aceleran los medios de comunicación y de transporte) y estas ya no sólo dejaran de ir hacia el público sino que irán contra el público. El arte además se deshumaniza, pierde su componente vital y se deja estar un limbo extraño donde no es accesible para nadie. El arte termina por desconectarse de la realidad, ya no va contra ella ni a su favor, no pretende consignarla ni representarla, sino que simplemente deja de considerarla. El lector de un poema vanguardista tomará el texto y le dará cuatro o cinco vueltas y no será capaz de entender nada. No es extraño, pues, el fracaso de las vanguardias literarias, pese al sorprendente éxito que tienen entre comentaristas e investigadores. Y no es extraño tampoco que se tilde de camelo a la poesía en general dado su elitismo, su desconexión de la realidad, su utilización de un lenguaje tan distinto al común, su ruptura, finalmente, con su carga comunicativa.
Es un hecho fácilmente comprobable que la poesía es el género literario que más fácilmente cala en un lector, en un receptor. De ahí que cualquier persona sea capaz de repetir un romance, una coplilla o al menos el estribillo de una canción. Sin embargo, es también la poesía el género literario más difícil de comprender para el lector, para el receptor. Podemos asegurar sin temor a equivocarnos demasiado que más de la mitad de las personas entrevistadas en una hipotética encuesta no sabría decirnos con claridad qué quiere decir un poeta en su poema. De ahí esa realidad dura pero innegable de la inutilidad de la poesía. Si existen poemas perfectos, de una belleza insoslayable, pero incomprensibles, son del todo inútiles, al menos mucho más inútiles que ese otro que dice “Que por mayo era por mayo…” ¿Por qué ocurre esto? No somos tan atrevidos como para dar respuestas concluyentes a esta pregunta, pero tal vez podamos centrarnos en otros aspectos que puedan aclarar algo este hecho.
Mirando un poco hacia la historia literaria española podemos comprobar que es sobre todo a partir del siglo XVII con la aparición de las formas poéticas barrocas (culteranismo y conceptismo) cuando empieza a suceder esto. Es cierto que anteriormente ya había poemas sumamente crípticos como Laberinto de Fortuna de Juan de Mena, pero ya decimos que sobre todo a partir de la aceptación del barroco cuando este hecho toma cuerpo definitivamente. La poesía va volviéndose más críptica, más difícil y su significado va dependiendo cada vez más de la inferencia, del resultado del cálculo que vamos haciendo tras descifrar cada verso. Esto hace que la poesía rompa sus lazos con la realidad y también con el lenguaje. La exaltación exagerada de la metáfora hace que el signo lingüístico pierda su referente con la realidad volviéndose así incomprensible para el lector, al menos para el lector no iniciado en los trucos del poeta. Queda así la poesía desconectada de la realidad y ligada a la propia realidad del poeta. De esto modo el poeta crea su propio lenguaje, de fácil comprensión para él mismo y para sus seguidores pero inextricable para los demás. Lleva esto a la desesperación del lector que no entiende lo que el poeta quiere decirle. Todo acto lingüístico, y un poema lo es, tiene su carga comunicativa, pero el poema pierde así su capacidad de comunicar con el lector y la poesía se vuelve un mero objeto, muy bello, muy delicado, pero un objeto al fin y al cabo.
Sucede que el referente y lo referido no son interpretables por el lector, sólo lo son por el emisor. Se vuelve así la poesía individualista e incomprensible, como cuando un niño que empieza a hablar y aún no tiene toda su competencia lingüística crea su propio lenguaje que es comprensible por él y tal vez por su madre, pero que no deja de ser un enigma para todos los demás. Esta transformación de la poesía en un mero objeto, en una especie de jarrón, en un elemento de decoración, se acentúa tras el éxito del barroco. Sucede que el barroco se alarga incansablemente en el siglo XVIII pero va degradándose y se van perdiendo los pocos apoyos que sustentaban en la realidad a las metáforas gongorinas. Así hasta 1750 triunfa el rococó, arte decorativo por excelencia, que nos deja poemas de una gran expresión plástica pero que son puros camelos ya no ininteligibles, sino simplemente faltos de significado. Esto se corrige (la historia de la literatura es una lucha entre acción y reacción y ahora tocaba la reacción) con la aceptación de la poesía neoclásica, fría y desnaturalizada (la reacción es igual de fuerte que la acción que la provoca), pero básicamente comunicativa.
Trasladémonos al siglo XX. Desde el comienzo del siglo, asimilada ya la toda la poesía española y extranjera desde la antigua Grecia hasta el romanticismo, la poesía sigue el camino de la incomprensión. Comienza el siglo con la lucha entre los naturalistas y los modernistas. Las polémicas de entonces nos suenan iguales a las que comenta Luzán en el siglo XVIII. La poesía modernista es de una belleza abrumadora, está rendida a la metáfora y a la sinestesia, pero no tiene capacidad comunicativa, nadie entiende lo que los poetas melenudos y bohemios quieren decir, ni siquiera saben si realmente esos poetas quieren decir algo. Interviene aquí un nuevo factor a la hora de entender la poesía: el elitismo.
La poesía, el arte en general, se vuelve elitista, no va hacia el público, hacia la masa, sino que van hacia una minoría de elitistas que manejan, con su particular diccionario, los tipos y los tópicos del nuevo arte. Para la mayoría, empero, sigue siendo la poesía un arte inaccesible, ciertamente bello, pero incomprensible.
Queda así el modernismo como un arte menor, sobre todo cuando tras ellos y tal vez como una revisión de sus formas llegan los del 98 y dan un contenido a todo ese arte bohemio y preciosista.
Más tarde llegarán las vanguardias (los movimientos de acción y reacción se aceleran como se aceleran los medios de comunicación y de transporte) y estas ya no sólo dejaran de ir hacia el público sino que irán contra el público. El arte además se deshumaniza, pierde su componente vital y se deja estar un limbo extraño donde no es accesible para nadie. El arte termina por desconectarse de la realidad, ya no va contra ella ni a su favor, no pretende consignarla ni representarla, sino que simplemente deja de considerarla. El lector de un poema vanguardista tomará el texto y le dará cuatro o cinco vueltas y no será capaz de entender nada. No es extraño, pues, el fracaso de las vanguardias literarias, pese al sorprendente éxito que tienen entre comentaristas e investigadores. Y no es extraño tampoco que se tilde de camelo a la poesía en general dado su elitismo, su desconexión de la realidad, su utilización de un lenguaje tan distinto al común, su ruptura, finalmente, con su carga comunicativa.
lunes, 3 de septiembre de 2007
Vamos al Chad, ese. Cuento de amor. Creatura nº 19.
13x21 Delirio vano é questo!
Vamos al Chad, ese. Cuento de amor.
Como Isak Dinesen, Ana tenía una granja, vale que no la tenía en África, pero la tenía en la famosa y cosmopolita villa de Esquivias, que no es África, pero de noche lo parece. ¿Por qué lo parece? Por la misma razón que de noche nosotros nos parecemos a George Clooney.
Ana era, por lo tanto, granjera y estaba muy contenta con serlo. Por la mañana ordeñaba las vacas y por la noche no, porque no siempre se pueden hacer las mismas cosas. Por la noche Ana se dedicaba a otros menesteres como ver la tele, fumar, cenar y otras cosas que no hace falta decir porque no se me ocurren ahora mismo. El caso es que Ana lo pasaba bastante bien siendo granjera, aunque a veces pensaba que estaría mejor ser otra cosa como bombera, pero como las bombas le asustaban bastante pensaba que ser granjera era lo suyo. Sólo una pega encontraba Ana a su vida, estaba un poco sola. Sí, tenía a sus caballos, sus vacas, sus cerditos y sus bichos en general, pero echaba de menos una compañía humana. De pequeña Ana había ido a la escuela y había hecho muchos amigos, pero ahora, viviendo en su granja pocos iban a verla. Además el trabajo de la granja era muy engorroso, y le fastidiaba el fin de semana y los festivos y así no había manera de hacer vida social de ninguna clase. Y por supuesto Ana no podía encontrar así un buen novio que se convirtiera en un buen marido que se convirtiera en un buen padre que se convirtiera en un buen abuelo que se convirtiera en un buen organillo que se convirtiera en un buen perchero que se convirtiera en un buen cristiano… Creo que me he liado, pero así era al fin y al cabo.
Así que muchas noches Ana las pasaba preguntándose si algún día conocería a alguien y cómo sería y tal y cual. La verdad es que con ese tema Ana se ponía un poco pesada y Marcial que era el cerdo más bonito de la granja se hartaba de ella cuando le contaba estas cosas y le tiraba mordiscos a ver si conseguía que de una vez dejara de contarle aquellas cosas que a él, sinceramente, le daban igual porque tenía a todas las cerdas que quería allí mismo.
De repente un día entró el siglo XXI en la granja de Ana: se compró un ordenador y una línea ADSL para internet. Al principio Ana no sabía muy bien que hacer con aquello. El aparato aquel no daba leche ni jamones ni era como el tractor, que movías una palanca y levantaba el arado. Era un aparato poco colaborador que hacía más bien lo que quería y que se quedaba como muerto cuando le daba la gana. Ana supo entonces que la informática es un engaño de los grandes. Aún así Ana le encontró el lado bueno a eso de internet. Todas las noches se las pasaba conectada a diversos chats de esos. Los chats esos son de un aburrido infamante pero a Ana le hacían gracia, porque podía hablar con la gente de Marcial y de sus gallinas que tenían nombres extravagantes como Julia, Francisca, Juana o María. Con el tiempo Ana llegó a ser una experta en eso de los chats y tenía en ellos muchos amigos y amigas.
Además a Ana el ordenador le sirvió para más cosas, como llevar la economía de la granja y anunciar su leche en internet. Sucedió que una gran marca de leche aceptó su oferta y todos los días venía un camión a llevarse la leche de sus vacas. Como los camiones son así de chulos tenía que venir un chico conduciéndolo. Se llamaba Pascual, estaba un poco harto de la broma fácil y era poco hablador. Pese a ello Ana le contaba todo lo que le ocurría en los chats esos, aunque la verdad es que Pascual no le prestaba mucha atención.
El tiempo fue pasando y Ana se iba divirtiendo con su ordenador como una energúmena con un tentetieso o más. Sucedió que un día Ana conoció por internet a un tipo que podríamos llamar siniestro, pero ocurriría que si lo llamamos así mentiríamos, y ya nos dijeron de pequeños que mentir está mal, así que no diremos que era siniestro, sino agradable. La verdad es que el tipo era la mar de simpático, iba por la calle siempre dando palmas y a la mínima se ponía a bailar sevillanas y otras cosas de esas que se bailan. Para este hombre cuyo nombre no sabemos pero al que todo el mundo conocía por Pepe, la vida era una juerga y se lo pasaba fenomenal el tío con cualquier cosa. Veía una mosca y ¡hala! diversión, veía un tranvía y ¡hala! diversión, veía un accidente de tráfico y ¡hala! diversión. Era un tipo la mar de salado y sucedió lo que suele suceder en estos casos y en otros que no son estos casos pero se parecen, es decir, que Ana y Pepe se enamoraron mutuamente entre sí. Se pasaban las horas hablando por el chat ese y diciéndose tonterías, que en realidad es lo que hacen todos los novios sólo que los otros novios lo hacían en vivo y en directo que es como más cursi. Estuvieron así mucho tiempo, un año o más, tal vez menos, no lo sé porque no entiendo bien los calendarios. Decidieron que en el aniversario de no se qué cosa debían conocerse y quedaron citados en la plaza de la famosa y cosmopolita villa de Esquivias. Ana llevaría una rosa en la boca y él la llevaría en la oreja. A la hora de esperar Ana se quitó la rosa de la boca porque no podía respirar. A las dos horas Ana decidió sentarse porque se le iban cansando las piernas. A las cuatro horas decidió volver a la granja porque ya llevaba tres horas lloviendo y no era plan de constiparse. Ana se puso muy triste y lloraba a todas horas y estornudaba como una burra porque había cogido un constipado de toma pan y moja. Pepe le explicó que no podía ser más su novio porque su mujer no le dejaba. Y es que realmente la mujer de Pepe para esas cosas era muy desaboría. Así que Ana se quedó otra vez sola, pero con su ordenador del alma conoció a otro novio y luego a otro y a otro, total que tenía tres novios y pensó que así sería mejor porque podría elegir y tendría un recambio por si acaso. Pero pasó que Ana acabó casándose con Pascual que un día la raptó y se la llevó a conocer Zamora en su camión.
- Vamos al Chad, ese. Le sugirió Pascual tras el volante.
- No que está muy lejos. Contestó Ana sobeteándole.
Este cuento NO está dedicado a Ana de Esquivias. Y sobre todo y para que quede bien clarito, NO está escrito para Ana de Esquivias. La gente para la escribo sabe bien quien es. A los otros sólo les dedico, cariñosamente, lo que escribo, sin que eso signifique que escribo para ellos o de ellos (qué vulgaridad). Quede claro como el agua clara que baja del monte.
Sí está dedicado a Zaira, porque me da la gana. Y para Javier Aguirre, por no fichar a Riquelme. Y para el pato de peluche de mi sobrina, que dice cua cua cuando le aprietas la barriga, que ya es mucho decir para cualquiera y más si se es de peluche.
Vamos al Chad, ese. Cuento de amor.
Como Isak Dinesen, Ana tenía una granja, vale que no la tenía en África, pero la tenía en la famosa y cosmopolita villa de Esquivias, que no es África, pero de noche lo parece. ¿Por qué lo parece? Por la misma razón que de noche nosotros nos parecemos a George Clooney.
Ana era, por lo tanto, granjera y estaba muy contenta con serlo. Por la mañana ordeñaba las vacas y por la noche no, porque no siempre se pueden hacer las mismas cosas. Por la noche Ana se dedicaba a otros menesteres como ver la tele, fumar, cenar y otras cosas que no hace falta decir porque no se me ocurren ahora mismo. El caso es que Ana lo pasaba bastante bien siendo granjera, aunque a veces pensaba que estaría mejor ser otra cosa como bombera, pero como las bombas le asustaban bastante pensaba que ser granjera era lo suyo. Sólo una pega encontraba Ana a su vida, estaba un poco sola. Sí, tenía a sus caballos, sus vacas, sus cerditos y sus bichos en general, pero echaba de menos una compañía humana. De pequeña Ana había ido a la escuela y había hecho muchos amigos, pero ahora, viviendo en su granja pocos iban a verla. Además el trabajo de la granja era muy engorroso, y le fastidiaba el fin de semana y los festivos y así no había manera de hacer vida social de ninguna clase. Y por supuesto Ana no podía encontrar así un buen novio que se convirtiera en un buen marido que se convirtiera en un buen padre que se convirtiera en un buen abuelo que se convirtiera en un buen organillo que se convirtiera en un buen perchero que se convirtiera en un buen cristiano… Creo que me he liado, pero así era al fin y al cabo.
Así que muchas noches Ana las pasaba preguntándose si algún día conocería a alguien y cómo sería y tal y cual. La verdad es que con ese tema Ana se ponía un poco pesada y Marcial que era el cerdo más bonito de la granja se hartaba de ella cuando le contaba estas cosas y le tiraba mordiscos a ver si conseguía que de una vez dejara de contarle aquellas cosas que a él, sinceramente, le daban igual porque tenía a todas las cerdas que quería allí mismo.
De repente un día entró el siglo XXI en la granja de Ana: se compró un ordenador y una línea ADSL para internet. Al principio Ana no sabía muy bien que hacer con aquello. El aparato aquel no daba leche ni jamones ni era como el tractor, que movías una palanca y levantaba el arado. Era un aparato poco colaborador que hacía más bien lo que quería y que se quedaba como muerto cuando le daba la gana. Ana supo entonces que la informática es un engaño de los grandes. Aún así Ana le encontró el lado bueno a eso de internet. Todas las noches se las pasaba conectada a diversos chats de esos. Los chats esos son de un aburrido infamante pero a Ana le hacían gracia, porque podía hablar con la gente de Marcial y de sus gallinas que tenían nombres extravagantes como Julia, Francisca, Juana o María. Con el tiempo Ana llegó a ser una experta en eso de los chats y tenía en ellos muchos amigos y amigas.
Además a Ana el ordenador le sirvió para más cosas, como llevar la economía de la granja y anunciar su leche en internet. Sucedió que una gran marca de leche aceptó su oferta y todos los días venía un camión a llevarse la leche de sus vacas. Como los camiones son así de chulos tenía que venir un chico conduciéndolo. Se llamaba Pascual, estaba un poco harto de la broma fácil y era poco hablador. Pese a ello Ana le contaba todo lo que le ocurría en los chats esos, aunque la verdad es que Pascual no le prestaba mucha atención.
El tiempo fue pasando y Ana se iba divirtiendo con su ordenador como una energúmena con un tentetieso o más. Sucedió que un día Ana conoció por internet a un tipo que podríamos llamar siniestro, pero ocurriría que si lo llamamos así mentiríamos, y ya nos dijeron de pequeños que mentir está mal, así que no diremos que era siniestro, sino agradable. La verdad es que el tipo era la mar de simpático, iba por la calle siempre dando palmas y a la mínima se ponía a bailar sevillanas y otras cosas de esas que se bailan. Para este hombre cuyo nombre no sabemos pero al que todo el mundo conocía por Pepe, la vida era una juerga y se lo pasaba fenomenal el tío con cualquier cosa. Veía una mosca y ¡hala! diversión, veía un tranvía y ¡hala! diversión, veía un accidente de tráfico y ¡hala! diversión. Era un tipo la mar de salado y sucedió lo que suele suceder en estos casos y en otros que no son estos casos pero se parecen, es decir, que Ana y Pepe se enamoraron mutuamente entre sí. Se pasaban las horas hablando por el chat ese y diciéndose tonterías, que en realidad es lo que hacen todos los novios sólo que los otros novios lo hacían en vivo y en directo que es como más cursi. Estuvieron así mucho tiempo, un año o más, tal vez menos, no lo sé porque no entiendo bien los calendarios. Decidieron que en el aniversario de no se qué cosa debían conocerse y quedaron citados en la plaza de la famosa y cosmopolita villa de Esquivias. Ana llevaría una rosa en la boca y él la llevaría en la oreja. A la hora de esperar Ana se quitó la rosa de la boca porque no podía respirar. A las dos horas Ana decidió sentarse porque se le iban cansando las piernas. A las cuatro horas decidió volver a la granja porque ya llevaba tres horas lloviendo y no era plan de constiparse. Ana se puso muy triste y lloraba a todas horas y estornudaba como una burra porque había cogido un constipado de toma pan y moja. Pepe le explicó que no podía ser más su novio porque su mujer no le dejaba. Y es que realmente la mujer de Pepe para esas cosas era muy desaboría. Así que Ana se quedó otra vez sola, pero con su ordenador del alma conoció a otro novio y luego a otro y a otro, total que tenía tres novios y pensó que así sería mejor porque podría elegir y tendría un recambio por si acaso. Pero pasó que Ana acabó casándose con Pascual que un día la raptó y se la llevó a conocer Zamora en su camión.
- Vamos al Chad, ese. Le sugirió Pascual tras el volante.
- No que está muy lejos. Contestó Ana sobeteándole.
Este cuento NO está dedicado a Ana de Esquivias. Y sobre todo y para que quede bien clarito, NO está escrito para Ana de Esquivias. La gente para la escribo sabe bien quien es. A los otros sólo les dedico, cariñosamente, lo que escribo, sin que eso signifique que escribo para ellos o de ellos (qué vulgaridad). Quede claro como el agua clara que baja del monte.
Sí está dedicado a Zaira, porque me da la gana. Y para Javier Aguirre, por no fichar a Riquelme. Y para el pato de peluche de mi sobrina, que dice cua cua cuando le aprietas la barriga, que ya es mucho decir para cualquiera y más si se es de peluche.
lunes, 6 de agosto de 2007
No hay que follarse a Ramón (verdad verdadera) Creatura Nº 18 Creatura Fantasma
13 X 21 Delirio vano è questo!
No hay que follarse a Ramón (verdad verdadera)
Yo ya lo sabía. Era una idea que tenía de siempre en la cabeza y que había llegado allí sin que yo supiera cómo. Pero allí estaba como una de esas verdades que se tienen en la cabeza sin saber por qué pero que son ciertas siempre: que las rubias ligan más, que las rubias son tontas, que las rubias no se depilan el bigote, que las rubias son del Madrid, que las rubias, en fin, son rubias naturales todas.
Claro que yo ya lo sabía. Y hasta lo aplicaba en la vida real desde bien pequeñita. Bien es cierto que al único Ramón que yo conocía era un primo de mi padre y era evidente que con él no iba a hacer eso nunca, y no sólo por el parentesco, también tenía que ver su olor corporal (calificado por su mujer como perfume de rosas y por mi madre como perfume de fosas), su cabello pelirrojo (¡Aquí pelirrojos no! era mi lema de cabecera hasta ese momento) y sobre todo por el excesivo tamaño de su cabeza que hacía de él lo más parecido del mundo a un tentetieso. De hecho se balanceaba al caminar cómicamente igual que si fuera un tentetieso o un poeta que acabara de cobrar.
Y aunque yo ya lo sabía un día me desperté sobresaltada por la idea, la grité en sueños y empapada en sudor levanté la cabeza y lo que no es la cabeza de la almohada con los ojos casi en blanco y la repetí varias veces al derecho y al revés como la niña de esa película: Pocahontas. Había sido como una revelación. Y la revelación me decía que debía difundir la palabra. Yo era como una profetisa, como una Jesucrista (con perdón a la Iglesia y a la Real Academia). Debía difundir mi mensaje. Pero tenía varios problemas para hacerlo:
1. ¿Cómo difundir el mensaje? Había muchas posibilidades de hacerlo: por la televisión, por los periódicos, por internet, por un megáfono atornillado a la baca de un coche, asomándome a la ventana y gritándolo.
2. ¿Quién era ese Ramón del que hablaba mi profecía?
Estos problemas y otros que no eran estos, como que me pondría para lo boda de mi prima, me atormentaban continuamente. No podía dormir, no podía comer, no podía beber, no podía fumar, no podía esnifar Vicks VapoRub pese a estar brutalmente constipada y no podía hacer ninguna de las otras cosas que hacen el mundo maravilloso como tirar tartas de crema a la cara de mujeres gordas que fue siempre mi entretenimiento favorito y la disciplina en la que fui campeona provincial amateur.
Me propuse ir por partes y resolver primero la forma de difundir mi mensaje. En primer lugar pinté varias pancartas con letras bien grandes y las colgué en las ventanas y en los balcones de mi casa. La gente llamaba a mi puerta para pedirme explicaciones. “Nena, ¿Quién es ese Ramón y qué te ha hecho que le parto la boca?” Me dijo mi hermano. “Hola, me llamó Ramón, ¿Es eso una insinuación?” Me dijo un tipo asqueroso que además llevaba pantalones pirata. “Oye, mi marido se llama Ramón, ¿Te importaría darme un cartelito de esos para que lo ponga en la cama a ver si capta por fin el mensaje?” Me dijo una señora de casi cuarenta años y con pinta de tener un amante cubano. Y así fui recogiendo multitud de mensajes pero ninguno me encaminaba al Ramón al que yo me refería. Decidí ser más agresiva y salí una noche a hacer pintadas en los muros de las calles más céntricas. Así seguro que encontraba a ese Ramón. Después de dos pintadas me paré en una casa con una pared blanca y enorme. Ya había terminado de escribir “NO HAY” cuando me cayó del balcón un cubo de agua que me hizo desistir de mi tarea. Busqué una nueva pared y la encontré, pero con tan mala suerte que al minuto de empezar a pintar apareció la policía y me detuvo. Aún hoy me pregunto como llegaron tan rápido. Y me contesto que seguramente tenga que ver con el hecho de haber intentado hacer una pintada en el muro de la comisaría. Soy una profetisa, pero no soy muy lista. Tampoco así logré encontrar al Ramón que yo buscaba. Mi mensaje, empero, se iba difundiendo y muchos Ramones me llamaban a casa diciendo que hacía meses que no conseguían tener relaciones por mi culpa. Otros Ramones me llamaban para felicitarme porque ahora ligaban más que nunca. El mundo es raro.
Mi siguiente paso fue abrir un blog en internet. Allí difundí la palabra, el mensaje y mis opiniones sobre ballet ruso contemporáneo. Después de Prokofiev no hay nada. Tampoco conseguí mi propósito. En realidad yo no sabía cuál era mi propósito y por eso me conformaba con difundir la palabra y con lo del ballet ruso. Después de varios meses empecé a cansarme del tema. Mis amigos me habían abandonado. Mi hermano no me hablaba. Mi madre ya no me hacía natillas. Mi perro se fue con otra más guapa. La vida se volvió asquerosa. Decidí dejar el tema. Nada bueno podría para mí salir de aquello. Cerré el blog y descolgué las pancartas. Mi vida volvió a su normalidad. Mis amigos volvieron a hablarme, mi perro volvió a sacarme de paseo y dejó a la guapa, mi hermano volvió a pedirme dinero. Mi madre nunca más me ha hecho natillas. Es una rencorosa. La cosa siguió como antes de mi obsesión por aquel mensaje que se me apareció en sueños. Pasados dos años conocí a un chico en el supermercado y empecé a salir con él. Se llamaba Enrique Castro, aunque todos le llamaban, no sé por qué Quini. El día que estuve en su casa por fin conseguí entenderl0 todo: su perro se llamaba Ramón Ramírez.
A Cristina, también eximia y en ocasiones hasta excelsa.
No hay que follarse a Ramón (verdad verdadera)
Yo ya lo sabía. Era una idea que tenía de siempre en la cabeza y que había llegado allí sin que yo supiera cómo. Pero allí estaba como una de esas verdades que se tienen en la cabeza sin saber por qué pero que son ciertas siempre: que las rubias ligan más, que las rubias son tontas, que las rubias no se depilan el bigote, que las rubias son del Madrid, que las rubias, en fin, son rubias naturales todas.
Claro que yo ya lo sabía. Y hasta lo aplicaba en la vida real desde bien pequeñita. Bien es cierto que al único Ramón que yo conocía era un primo de mi padre y era evidente que con él no iba a hacer eso nunca, y no sólo por el parentesco, también tenía que ver su olor corporal (calificado por su mujer como perfume de rosas y por mi madre como perfume de fosas), su cabello pelirrojo (¡Aquí pelirrojos no! era mi lema de cabecera hasta ese momento) y sobre todo por el excesivo tamaño de su cabeza que hacía de él lo más parecido del mundo a un tentetieso. De hecho se balanceaba al caminar cómicamente igual que si fuera un tentetieso o un poeta que acabara de cobrar.
Y aunque yo ya lo sabía un día me desperté sobresaltada por la idea, la grité en sueños y empapada en sudor levanté la cabeza y lo que no es la cabeza de la almohada con los ojos casi en blanco y la repetí varias veces al derecho y al revés como la niña de esa película: Pocahontas. Había sido como una revelación. Y la revelación me decía que debía difundir la palabra. Yo era como una profetisa, como una Jesucrista (con perdón a la Iglesia y a la Real Academia). Debía difundir mi mensaje. Pero tenía varios problemas para hacerlo:
1. ¿Cómo difundir el mensaje? Había muchas posibilidades de hacerlo: por la televisión, por los periódicos, por internet, por un megáfono atornillado a la baca de un coche, asomándome a la ventana y gritándolo.
2. ¿Quién era ese Ramón del que hablaba mi profecía?
Estos problemas y otros que no eran estos, como que me pondría para lo boda de mi prima, me atormentaban continuamente. No podía dormir, no podía comer, no podía beber, no podía fumar, no podía esnifar Vicks VapoRub pese a estar brutalmente constipada y no podía hacer ninguna de las otras cosas que hacen el mundo maravilloso como tirar tartas de crema a la cara de mujeres gordas que fue siempre mi entretenimiento favorito y la disciplina en la que fui campeona provincial amateur.
Me propuse ir por partes y resolver primero la forma de difundir mi mensaje. En primer lugar pinté varias pancartas con letras bien grandes y las colgué en las ventanas y en los balcones de mi casa. La gente llamaba a mi puerta para pedirme explicaciones. “Nena, ¿Quién es ese Ramón y qué te ha hecho que le parto la boca?” Me dijo mi hermano. “Hola, me llamó Ramón, ¿Es eso una insinuación?” Me dijo un tipo asqueroso que además llevaba pantalones pirata. “Oye, mi marido se llama Ramón, ¿Te importaría darme un cartelito de esos para que lo ponga en la cama a ver si capta por fin el mensaje?” Me dijo una señora de casi cuarenta años y con pinta de tener un amante cubano. Y así fui recogiendo multitud de mensajes pero ninguno me encaminaba al Ramón al que yo me refería. Decidí ser más agresiva y salí una noche a hacer pintadas en los muros de las calles más céntricas. Así seguro que encontraba a ese Ramón. Después de dos pintadas me paré en una casa con una pared blanca y enorme. Ya había terminado de escribir “NO HAY” cuando me cayó del balcón un cubo de agua que me hizo desistir de mi tarea. Busqué una nueva pared y la encontré, pero con tan mala suerte que al minuto de empezar a pintar apareció la policía y me detuvo. Aún hoy me pregunto como llegaron tan rápido. Y me contesto que seguramente tenga que ver con el hecho de haber intentado hacer una pintada en el muro de la comisaría. Soy una profetisa, pero no soy muy lista. Tampoco así logré encontrar al Ramón que yo buscaba. Mi mensaje, empero, se iba difundiendo y muchos Ramones me llamaban a casa diciendo que hacía meses que no conseguían tener relaciones por mi culpa. Otros Ramones me llamaban para felicitarme porque ahora ligaban más que nunca. El mundo es raro.
Mi siguiente paso fue abrir un blog en internet. Allí difundí la palabra, el mensaje y mis opiniones sobre ballet ruso contemporáneo. Después de Prokofiev no hay nada. Tampoco conseguí mi propósito. En realidad yo no sabía cuál era mi propósito y por eso me conformaba con difundir la palabra y con lo del ballet ruso. Después de varios meses empecé a cansarme del tema. Mis amigos me habían abandonado. Mi hermano no me hablaba. Mi madre ya no me hacía natillas. Mi perro se fue con otra más guapa. La vida se volvió asquerosa. Decidí dejar el tema. Nada bueno podría para mí salir de aquello. Cerré el blog y descolgué las pancartas. Mi vida volvió a su normalidad. Mis amigos volvieron a hablarme, mi perro volvió a sacarme de paseo y dejó a la guapa, mi hermano volvió a pedirme dinero. Mi madre nunca más me ha hecho natillas. Es una rencorosa. La cosa siguió como antes de mi obsesión por aquel mensaje que se me apareció en sueños. Pasados dos años conocí a un chico en el supermercado y empecé a salir con él. Se llamaba Enrique Castro, aunque todos le llamaban, no sé por qué Quini. El día que estuve en su casa por fin conseguí entenderl0 todo: su perro se llamaba Ramón Ramírez.
A Cristina, también eximia y en ocasiones hasta excelsa.
martes, 5 de junio de 2007
El viejo y las Palomas. Creatura 17. Especial Bizarro
El buen señor siempre estaba en aquel banco del parque, sentado, echando migas de pan a las palomas. Con su pelo blanco y su bastón ya viejo lo miraba mientras trabajaba y me preguntaba si no se aburriría de estar todo el día allí sentado echándole de comer a las palomas esas tan burras que acababan siempre dándose de picotazos por el último trozo de pan que el hombre aquel les echaba.
Se notaba en el hombre que había sido importante. No sé bien en qué, tal vez en sus dos medallas de la guerra franco – prusiana que siempre llevaba en la pechera. Tal vez fuera en el birrete de doctor que llevaba cuando hacía sol. Tal vez fuera que llevaba el pan de las palomas en un cucurucho hecho con billetes de 50 euros. No sé bien en qué sería pero se lo notaba ese porte de los hombres de bien que tienen una historia que contar. Yo quería que me contara esa historia, pero no sabía cómo hacer para entablar amistad con él.
Un día mientras yo pasaba mi cepillo gigantesco cerca de su banco le pregunté por el libro que estaba leyendo.
- Buenos días, ¿qué lee usted?
- Las uvas de la ira.
- ¿Y qué tal?
- Bien, explica muy bien cómo pisar las uvas para que el vino salga bueno.
- ¿Cómo hay que pisarlas?
- Con ira.
A partir de ahí comenzó una amistad basada en nuestro mutuo gusto por la literatura. Yo le hablaba de mi afición por Marina Castaño y él me contaba cosas de su admirado Antonio Gala. El señor Matías, que así se llamaba, había sido general de división en cinco de las últimas cuatro guerras. No sé bien cuáles eran porque a él no le gustaba hablar de la guerra, decía que era muy aburrido, todo el rato matando gente, ahí, como si las balas fueran gratis.
Por fin un día conseguí que me contara la historia triste que le hacía ir todos los días a echar miguitas de pan a las palomas. De joven, siendo capitán, se había enamorado de una joven costurera hija ilegítima de un conde arruinado por su afición a saltar a la comba: se le gastaban tanto los zapatos y los bajos de los pantalones que no le daba el dinero para reponerlos. El caso es que todos los días seguía a esta chica desde su taller de costura a su casa que estaba tres calles más allá. Un día se decidió a hablarle, pero cuando la llamó, “Fulgencia”, para alcanzarla y declararle su amor, un yunque cayó de la ventana de una pescadera y mató a la costurera. Desde entonces fue un hombre triste y no pudo mitigar esa tristeza ni con sus millones, sus medallas, sus catorce mujeres y sus veintitrés hijos, que por cierto formaron un equipo de rugby y ganaron el seis naciones.
Un día ya no volví a verlo, me enteré de que se marchó a Benidorm a vivir y allí había muerto porque le cayó, misterios de la vida, un yunque en la cabeza mientras seguía a una sueca por el paseo marítimo.
Se notaba en el hombre que había sido importante. No sé bien en qué, tal vez en sus dos medallas de la guerra franco – prusiana que siempre llevaba en la pechera. Tal vez fuera en el birrete de doctor que llevaba cuando hacía sol. Tal vez fuera que llevaba el pan de las palomas en un cucurucho hecho con billetes de 50 euros. No sé bien en qué sería pero se lo notaba ese porte de los hombres de bien que tienen una historia que contar. Yo quería que me contara esa historia, pero no sabía cómo hacer para entablar amistad con él.
Un día mientras yo pasaba mi cepillo gigantesco cerca de su banco le pregunté por el libro que estaba leyendo.
- Buenos días, ¿qué lee usted?
- Las uvas de la ira.
- ¿Y qué tal?
- Bien, explica muy bien cómo pisar las uvas para que el vino salga bueno.
- ¿Cómo hay que pisarlas?
- Con ira.
A partir de ahí comenzó una amistad basada en nuestro mutuo gusto por la literatura. Yo le hablaba de mi afición por Marina Castaño y él me contaba cosas de su admirado Antonio Gala. El señor Matías, que así se llamaba, había sido general de división en cinco de las últimas cuatro guerras. No sé bien cuáles eran porque a él no le gustaba hablar de la guerra, decía que era muy aburrido, todo el rato matando gente, ahí, como si las balas fueran gratis.
Por fin un día conseguí que me contara la historia triste que le hacía ir todos los días a echar miguitas de pan a las palomas. De joven, siendo capitán, se había enamorado de una joven costurera hija ilegítima de un conde arruinado por su afición a saltar a la comba: se le gastaban tanto los zapatos y los bajos de los pantalones que no le daba el dinero para reponerlos. El caso es que todos los días seguía a esta chica desde su taller de costura a su casa que estaba tres calles más allá. Un día se decidió a hablarle, pero cuando la llamó, “Fulgencia”, para alcanzarla y declararle su amor, un yunque cayó de la ventana de una pescadera y mató a la costurera. Desde entonces fue un hombre triste y no pudo mitigar esa tristeza ni con sus millones, sus medallas, sus catorce mujeres y sus veintitrés hijos, que por cierto formaron un equipo de rugby y ganaron el seis naciones.
Un día ya no volví a verlo, me enteré de que se marchó a Benidorm a vivir y allí había muerto porque le cayó, misterios de la vida, un yunque en la cabeza mientras seguía a una sueca por el paseo marítimo.
"Palabras" Creatura 17. Especial Bizarro.
“Palabras”
1.
Algunas tardes creo que son mi soledad y mi sordera lo que me empujan a ti. Otras tardes creo que es únicamente el broche de tu sostén.
2.
La precisión exacta
Que hace falta
Para desabrochar un botón,
Normalmente el primero,
De tu blusa,
Es el gesto que más me gusta
De cuantos mis manos
Son capaces de hacer.
3.
Mi amor por ti se cuela por entre tus intersticios: tu esternón, la juntura de tus muslos, la separación diversa de tus dedos, el espacio entre tu ropa y tu cuerpo. Se cuela por ahí y quiere quedarse pegado, pero se despega según tú te vas alejando.
4.
Como tengo cierto temor a la oscuridad lo calmo pensando en ti. También el miedo a la soledad. Desgraciadamente no me sirves para el miedo a los payasos.
5.
La historia de nuestro amor es en realidad la historia de una impostura. Es la historia mal contada de una mentira.
1.
Algunas tardes creo que son mi soledad y mi sordera lo que me empujan a ti. Otras tardes creo que es únicamente el broche de tu sostén.
2.
La precisión exacta
Que hace falta
Para desabrochar un botón,
Normalmente el primero,
De tu blusa,
Es el gesto que más me gusta
De cuantos mis manos
Son capaces de hacer.
3.
Mi amor por ti se cuela por entre tus intersticios: tu esternón, la juntura de tus muslos, la separación diversa de tus dedos, el espacio entre tu ropa y tu cuerpo. Se cuela por ahí y quiere quedarse pegado, pero se despega según tú te vas alejando.
4.
Como tengo cierto temor a la oscuridad lo calmo pensando en ti. También el miedo a la soledad. Desgraciadamente no me sirves para el miedo a los payasos.
5.
La historia de nuestro amor es en realidad la historia de una impostura. Es la historia mal contada de una mentira.
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