lunes, 6 de agosto de 2007

No hay que follarse a Ramón (verdad verdadera) Creatura Nº 18 Creatura Fantasma

13 X 21 Delirio vano è questo!

No hay que follarse a Ramón (verdad verdadera)

Yo ya lo sabía. Era una idea que tenía de siempre en la cabeza y que había llegado allí sin que yo supiera cómo. Pero allí estaba como una de esas verdades que se tienen en la cabeza sin saber por qué pero que son ciertas siempre: que las rubias ligan más, que las rubias son tontas, que las rubias no se depilan el bigote, que las rubias son del Madrid, que las rubias, en fin, son rubias naturales todas.
Claro que yo ya lo sabía. Y hasta lo aplicaba en la vida real desde bien pequeñita. Bien es cierto que al único Ramón que yo conocía era un primo de mi padre y era evidente que con él no iba a hacer eso nunca, y no sólo por el parentesco, también tenía que ver su olor corporal (calificado por su mujer como perfume de rosas y por mi madre como perfume de fosas), su cabello pelirrojo (¡Aquí pelirrojos no! era mi lema de cabecera hasta ese momento) y sobre todo por el excesivo tamaño de su cabeza que hacía de él lo más parecido del mundo a un tentetieso. De hecho se balanceaba al caminar cómicamente igual que si fuera un tentetieso o un poeta que acabara de cobrar.
Y aunque yo ya lo sabía un día me desperté sobresaltada por la idea, la grité en sueños y empapada en sudor levanté la cabeza y lo que no es la cabeza de la almohada con los ojos casi en blanco y la repetí varias veces al derecho y al revés como la niña de esa película: Pocahontas. Había sido como una revelación. Y la revelación me decía que debía difundir la palabra. Yo era como una profetisa, como una Jesucrista (con perdón a la Iglesia y a la Real Academia). Debía difundir mi mensaje. Pero tenía varios problemas para hacerlo:
1. ¿Cómo difundir el mensaje? Había muchas posibilidades de hacerlo: por la televisión, por los periódicos, por internet, por un megáfono atornillado a la baca de un coche, asomándome a la ventana y gritándolo.
2. ¿Quién era ese Ramón del que hablaba mi profecía?
Estos problemas y otros que no eran estos, como que me pondría para lo boda de mi prima, me atormentaban continuamente. No podía dormir, no podía comer, no podía beber, no podía fumar, no podía esnifar Vicks VapoRub pese a estar brutalmente constipada y no podía hacer ninguna de las otras cosas que hacen el mundo maravilloso como tirar tartas de crema a la cara de mujeres gordas que fue siempre mi entretenimiento favorito y la disciplina en la que fui campeona provincial amateur.
Me propuse ir por partes y resolver primero la forma de difundir mi mensaje. En primer lugar pinté varias pancartas con letras bien grandes y las colgué en las ventanas y en los balcones de mi casa. La gente llamaba a mi puerta para pedirme explicaciones. “Nena, ¿Quién es ese Ramón y qué te ha hecho que le parto la boca?” Me dijo mi hermano. “Hola, me llamó Ramón, ¿Es eso una insinuación?” Me dijo un tipo asqueroso que además llevaba pantalones pirata. “Oye, mi marido se llama Ramón, ¿Te importaría darme un cartelito de esos para que lo ponga en la cama a ver si capta por fin el mensaje?” Me dijo una señora de casi cuarenta años y con pinta de tener un amante cubano. Y así fui recogiendo multitud de mensajes pero ninguno me encaminaba al Ramón al que yo me refería. Decidí ser más agresiva y salí una noche a hacer pintadas en los muros de las calles más céntricas. Así seguro que encontraba a ese Ramón. Después de dos pintadas me paré en una casa con una pared blanca y enorme. Ya había terminado de escribir “NO HAY” cuando me cayó del balcón un cubo de agua que me hizo desistir de mi tarea. Busqué una nueva pared y la encontré, pero con tan mala suerte que al minuto de empezar a pintar apareció la policía y me detuvo. Aún hoy me pregunto como llegaron tan rápido. Y me contesto que seguramente tenga que ver con el hecho de haber intentado hacer una pintada en el muro de la comisaría. Soy una profetisa, pero no soy muy lista. Tampoco así logré encontrar al Ramón que yo buscaba. Mi mensaje, empero, se iba difundiendo y muchos Ramones me llamaban a casa diciendo que hacía meses que no conseguían tener relaciones por mi culpa. Otros Ramones me llamaban para felicitarme porque ahora ligaban más que nunca. El mundo es raro.
Mi siguiente paso fue abrir un blog en internet. Allí difundí la palabra, el mensaje y mis opiniones sobre ballet ruso contemporáneo. Después de Prokofiev no hay nada. Tampoco conseguí mi propósito. En realidad yo no sabía cuál era mi propósito y por eso me conformaba con difundir la palabra y con lo del ballet ruso. Después de varios meses empecé a cansarme del tema. Mis amigos me habían abandonado. Mi hermano no me hablaba. Mi madre ya no me hacía natillas. Mi perro se fue con otra más guapa. La vida se volvió asquerosa. Decidí dejar el tema. Nada bueno podría para mí salir de aquello. Cerré el blog y descolgué las pancartas. Mi vida volvió a su normalidad. Mis amigos volvieron a hablarme, mi perro volvió a sacarme de paseo y dejó a la guapa, mi hermano volvió a pedirme dinero. Mi madre nunca más me ha hecho natillas. Es una rencorosa. La cosa siguió como antes de mi obsesión por aquel mensaje que se me apareció en sueños. Pasados dos años conocí a un chico en el supermercado y empecé a salir con él. Se llamaba Enrique Castro, aunque todos le llamaban, no sé por qué Quini. El día que estuve en su casa por fin conseguí entenderl0 todo: su perro se llamaba Ramón Ramírez.
A Cristina, también eximia y en ocasiones hasta excelsa.

martes, 5 de junio de 2007

El viejo y las Palomas. Creatura 17. Especial Bizarro

El buen señor siempre estaba en aquel banco del parque, sentado, echando migas de pan a las palomas. Con su pelo blanco y su bastón ya viejo lo miraba mientras trabajaba y me preguntaba si no se aburriría de estar todo el día allí sentado echándole de comer a las palomas esas tan burras que acababan siempre dándose de picotazos por el último trozo de pan que el hombre aquel les echaba.
Se notaba en el hombre que había sido importante. No sé bien en qué, tal vez en sus dos medallas de la guerra franco – prusiana que siempre llevaba en la pechera. Tal vez fuera en el birrete de doctor que llevaba cuando hacía sol. Tal vez fuera que llevaba el pan de las palomas en un cucurucho hecho con billetes de 50 euros. No sé bien en qué sería pero se lo notaba ese porte de los hombres de bien que tienen una historia que contar. Yo quería que me contara esa historia, pero no sabía cómo hacer para entablar amistad con él.
Un día mientras yo pasaba mi cepillo gigantesco cerca de su banco le pregunté por el libro que estaba leyendo.
- Buenos días, ¿qué lee usted?
- Las uvas de la ira.
- ¿Y qué tal?
- Bien, explica muy bien cómo pisar las uvas para que el vino salga bueno.
- ¿Cómo hay que pisarlas?
- Con ira.
A partir de ahí comenzó una amistad basada en nuestro mutuo gusto por la literatura. Yo le hablaba de mi afición por Marina Castaño y él me contaba cosas de su admirado Antonio Gala. El señor Matías, que así se llamaba, había sido general de división en cinco de las últimas cuatro guerras. No sé bien cuáles eran porque a él no le gustaba hablar de la guerra, decía que era muy aburrido, todo el rato matando gente, ahí, como si las balas fueran gratis.
Por fin un día conseguí que me contara la historia triste que le hacía ir todos los días a echar miguitas de pan a las palomas. De joven, siendo capitán, se había enamorado de una joven costurera hija ilegítima de un conde arruinado por su afición a saltar a la comba: se le gastaban tanto los zapatos y los bajos de los pantalones que no le daba el dinero para reponerlos. El caso es que todos los días seguía a esta chica desde su taller de costura a su casa que estaba tres calles más allá. Un día se decidió a hablarle, pero cuando la llamó, “Fulgencia”, para alcanzarla y declararle su amor, un yunque cayó de la ventana de una pescadera y mató a la costurera. Desde entonces fue un hombre triste y no pudo mitigar esa tristeza ni con sus millones, sus medallas, sus catorce mujeres y sus veintitrés hijos, que por cierto formaron un equipo de rugby y ganaron el seis naciones.
Un día ya no volví a verlo, me enteré de que se marchó a Benidorm a vivir y allí había muerto porque le cayó, misterios de la vida, un yunque en la cabeza mientras seguía a una sueca por el paseo marítimo.

"Palabras" Creatura 17. Especial Bizarro.

“Palabras”

1.
Algunas tardes creo que son mi soledad y mi sordera lo que me empujan a ti. Otras tardes creo que es únicamente el broche de tu sostén.

2.
La precisión exacta
Que hace falta
Para desabrochar un botón,
Normalmente el primero,
De tu blusa,
Es el gesto que más me gusta
De cuantos mis manos
Son capaces de hacer.

3.
Mi amor por ti se cuela por entre tus intersticios: tu esternón, la juntura de tus muslos, la separación diversa de tus dedos, el espacio entre tu ropa y tu cuerpo. Se cuela por ahí y quiere quedarse pegado, pero se despega según tú te vas alejando.

4.
Como tengo cierto temor a la oscuridad lo calmo pensando en ti. También el miedo a la soledad. Desgraciadamente no me sirves para el miedo a los payasos.

5.
La historia de nuestro amor es en realidad la historia de una impostura. Es la historia mal contada de una mentira.

lunes, 7 de mayo de 2007

La poesía de David González. Creatura 16.

La mejor forma de tomar consideración de lo que una obra literaria, un escritor, un poeta representa, se puede y se debe tomar con el paso del tiempo. Pocas obras se consagran a la primera, en su tiempo, necesitan de la revisión de profesores, investigadores, apasionados aunque tardíos lectores. De ahí que la crítica universitaria pose su mirada tan poco en la literatura más actual y sea la crítica periodística (si es que realmente existe una crítica periodística y no una mera maquinaria publicitaria) la que refleje el transcurrir de la última literatura. Es leída, es considerada, pero la opinión final, excepto prominentes excepciones, la dará el tiempo. Pese a ello y a todas las dificultades que esta y otras circunstancias nos imponen vamos a tratar de acercarnos a la poesía de uno de estos actuales poetas.
David González (San Andrés de Tacones, Gijón, 1964) es hombre de complicada biografía. Vive su infancia y su adolescencia en barrios marginales de la zona de Gijón, marcados por la pobreza, la necesidad y el gran auge del consumo de droga que se produce en los setenta y los ochenta. Diferentes avatares llevan al poeta a la cárcel. Tal vez sea el de la cárcel un tópico literario. Bécquer, Miguel Hernández, Cervantes, José García Nieto ya pasaron por allí, si bien el caso de David González no viene sino a desmentir este tópico: no es la cárcel una experiencia literaria, sino un aldabonazo que lo despierta a la literatura. En los casos citados anteriormente la cárcel viene al escritor cuando este ya es escritor y tiene conciencia de tal. En el poeta que nos ocupa la cárcel con su “reposo” y su obligada introspección llevan al poeta definitivamente a la poesía.
Es complicado separar en él su obra de su biografía, pues su obra se nutre especialmente de su biografía: su infancia picaresca, su adolescencia nebulosa, su paso por la cárcel y su posterior conciencia poética.
Su misma biografía de marginado lleva al poeta a tomar una especial conciencia de la vida y su devenir. Para él la vida no es un problema filosófico, ni epistemológico, no se trata de qué es la vida o de cómo comprender la vida. Tampoco es la vida un problema amoroso, su problema no son las relaciones personales. Su problema está circunscrito a su mismo nacimiento, a su infancia, a su experiencia vital: es un problema social. Su condición de paria de la sociedad le lleva a una visión crítica, dolida y escéptica de esa sociedad que lo ha llevado al margen, que lo ha desechado. “Mi primera peseta la gané/ nadando entre borra, raba, brea/ y cagayones.” Nos dice el poeta en uno de los poemas iniciales de su último libro. Evidentemente se despiertan recuerdos de su infancia, de su lucha primera por la vida y por lo injusto de esa vida que hace que unos, los no presentes en el poema, ganen su primer dinero sin esfuerzo, en su cuna, mientras otros, los del poema, deben nadar entre
desperdicios para ganarse una vida mísera, una mísera peseta. Así construye David González su poesía, a base de su biografía, de su lucha con la vida, vida mísera o triste o en ocasiones ni lo uno ni lo otro, simplemente vida:
“La tira de esparadrapo/ en la garganta de Inés Toledo,/ poeta. Laringe estrecha con las cuerdas/ vocales recompuestas, me dice./ Para que no me ahogue, me explica.”
Ese mismo hecho de circunscribirse a lo real y a lo propio del autor resta, en ocasiones, interés a este tipo de poesía. Si el autor consigue dar forma a sus vivencias y a su experiencia conseguirá una poesía de gran toque humano. Pero puede ocurrir por el contrario que esa poesía quede reducida a un largo fluir de episodios que por su propio carácter personal se vuelvan incomprensibles al lector, es decir que sean tan netamente personales y estén tan fuertemente contextualizados que si se sacan de ese contexto y no se ha vivido la situación quede la poesía reducida a la incapacidad.
Es sumamente difícil no caer en ese efecto cuando la poesía gravita en torno a la vida del poeta, cuando la poesía cuenta sobre todo la propia vida del poeta. En ocasiones le ocurre a la de David González. Nos encontramos con poemas de un corte tan personal, e íntimo que su comprensión, a pesar de ser clara y concisa, no llega al receptor como un poema en sí, sino más como una confesión que carece de interés al ser el poeta un personaje alejado de la vida del lector, al vivir el receptor en un contexto lejano al del poema.
Esta realidad, recurrente en toda la llamada “poesía de la experiencia” que recorre la literatura española desde finales de los setenta, podemos encontrarlo también en poetas de mayor fama y alejados del contexto social como Francisco Díaz de Castro o Luis García Montero.
Formalmente la poesía de David González cuenta con los grandes, y tal vez los mejores, argumentos de la poesía moderna. Es una poesía narrativa, antirretórica, antipoética en muchas ocasiones. Es una poesía clara con una gran carga comunicativa, que busca al lector por el lado más claro, que busca que ese lector entienda todo lo que se le dice y no tenga que interpretar y hacer extrañas cábalas hasta llegar a un posible significado de lo señalado en el poema. Dice lo que dice, significa lo que significa. Paradigma de esta forma de hacer poesía es el poema Metamorfosis: “sobre la almohada,/ en su lado de la cama,/ lo que a primera vista/ parece ser/ el pétalo de una rosa/ se revela, luego/ visto más de cerca,/ como un simple trozo,/ de cinta aislante.”
Si bien la poesía de David González se mueve en estos cauces formales, encontramos, en ocasiones, verdaderas gotas de poesía en la forma más clásica de la palabra: “La cara es el espejismo del alma.”
Es, pues, la de David González una poesía de experiencia, social, narrativa y que recorre el camino que más aciertos ha dejado la poesía española en su historia: el de la búsqueda de la verdad.
Dedicado a José Paulino Ayuso, profesor y maestro, por su antología y su bondad.

jueves, 19 de abril de 2007

Utilidad y significación de la poesía. Creatura 15.

No vamos a enredarnos en discusiones estériles sobre qué tiene que ser la poesía o que es. Vamos a quedarnos en un punto más cercano, menos abstracto ¿qué significa la poesía? No qué significa un poema, sino que significa la poesía en el mundo, para la gente. También buscaremos respuestas a la pregunta ¿para qué sirve la poesía?
Significación de la poesía.
¿Qué representa la poesía en el mundo actual? La respuesta es bastante obvia, la poesía en el mundo actual no representa nada. No le importa a nadie. Las cifras de venta de libros de poesía son ridículas, apenas hay editoriales que publiquen poesía. Ninguna de las grandes tiene un catálogo considerable de poetas o de libros de poesía, apenas si Seix Barral publica algún libro y siempre de autores consagrados. La poesía suele ser publicada por pequeñas editoriales que sí tienen un catálogo extenso, pero que tienen una difusión y una distribución limitada o prácticamente inexistente. Algunas de ella sí publican un número considerable de títulos al año. Nos referimos a Visor, a Lumen, a Pre - Textos, Caballo Griego para la Poesía. Aún así es conveniente señalar que las ediciones de un libro de poesía son cortas, no suelen superar el millar de ejemplares, ejemplares que suelen quedarse sin vender.
¿Qué quiere decir todo esto? Que la poesía no le interesa al público, que no se vende, que apenas se publica, que no tiene trascendencia, que es prácticamente clandestina. Evidentemente esto va en detrimento de los poetas, ¿cuántos poetas actuales podría señalar un estudiante medio de secundaria? Me atrevería a decir que ninguno, tal vez uno si saben que Joaquín Sabina ha publicado un libro de versos. Alguien podría señalar que la poesía también vive del pasado, pero ahí tampoco deben andar mucho mejor las cosas, excepto algunas ediciones para escolares y universitarios, las de Cátedra y Castalia, la poesía no se reedita, tiene una vida limitada y acaba muriendo de olvido en los montones de papelote de los distribuidores.
¿Qué significa entonces la poesía? Nada. El común de la gente no atiende a la poesía, le da lo mismo, no le importa. Tal vez esta realidad enfade a los (pocos) lectores de poesía que aún quedan, pero es cierto, la cosa es así. La poesía no tiene ninguna repercusión en el mundo actual, en la sociedad actual. ¿Es esto importante? ¿Es peligroso? No lo parece. Nadie leyó nunca la poesía de Valle, ni la de Darío, ni la de Villaespesa, no digamos ya la de los vanguardistas, Huidobro es un desconocido, la más actual de los novísimos acumula polvo en la Biblioteca Nacional. El mundo siempre ha vivido de espaldas a la poesía y si no fuera por Bécquer nadie sería capaz de juntar dos versos si le preguntáramos a traición por la calle. A pesar de ello el mundo, la literatura y la sociedad han continuado existiendo, por eso es conveniente señalar que la poesía es indiferente a la sociedad, pero seguirá existiendo sin fin por razones que no se nos escapan pero que están ahora de más.
Utilidad de la poesía.
Una nueva pregunta ¿Para qué sirve la poesía? Realmente no sirve para nada, pero veamos la pregunta desde diferentes ángulos.
¿Para qué sirve escribir poesía? Para nada. Uno de los grandes objetos de la poesía ha sido impresionar o llamar la atención al ser amado. Es decir, que la poesía es al poeta lo que a otro es pasar delante de la chica haciendo un caballito con la moto. ¿Es esto útil? Lo del caballito suele serlo, lo de la poesía no. No sirve la poesía para hacer que te quieran, no sirve para que la chica del Mirinda con una luna menguante negra tatuada en el hombro derecho se enamore de repente de alguien que la sonetea desde un taburete. Para otras cosas tampoco es demasiado útil la poesía: no cambia la sociedad, no mejora el mundo, no sirve más que para que las cosas sean dichas y para eso vale cualquier palabra, poesía o no.
¿Sirve la poesía para hacerse rico? Evidentemente no. Un poeta no puede vivir de la poesía debe ser además periodista, profesor o cualquier otra cosa. Un poema no vale más que el avión que podemos hacer con el papel en el que está escrito.
¿Sirve entonces para hacerse famoso? No creo que digan mucho los nombres de Andrés Sánchez Robayna, Antonio Gamoneda o José Antonio Muñoz Rojas. ¿Sirve para hacerse un nombre? Tal vez esta vez podamos contestar sí. Entre los aficionados y el resto de los poetas, los autores publicados y de cierta fama suelen alcanzar alguna relevancia social, aunque no deja de parecer que es más el jefe de una pandilla que alguien con una relevancia real en la sociedad. Escribir poesía pues, no sirve de nada.
¿Es útil la poesía a la sociedad? Ya hemos destacado antes que la poesía no se lee prácticamente. Es evidente que su utilidad para la sociedad es limitada, si no inexistente. Se podría objetar que existe un gran repertorio de poesía social y más o menos combativa, pero esa poesía tampoco es útil, porque una palabra es inútil a aquel que necesita un hecho y además esa palabra no suele llegar justamente al que necesita de ayuda, sino al que tranquilamente lee en su casa sobre la desgracia de otro.
¿Vale de algo entonces leer poesía? Generalmente no, ya que la poesía sólo sirve de desahogo al poeta y se hace críptica e indescifrable para el lector. Sin embargo, hemos de admitir que lo más útil de la poesía es su lectura, porque además de ser un acto comunicativo, con todo lo que ello conlleva, es, a veces, muy entretenida. Concluyendo podemos decir que la poesía es un arte inútil, excepto para la propia poesía ya que es absolutamente autorreferencial, útil solamente a sí misma. La poesía no sirve para nada. Se nos presentan ahora nuevas preguntas sobre la autorreferencialidad de la poesía o sobre la utilidad de lo inútil. Buscaremos respuestas en otra ocasión.

sábado, 17 de marzo de 2007

El cuerpo está sobrevalorado. Creatura nº 14.


Delirio vano è questo!

El cuerpo está sobrevalorado.

Mi amigo imaginario decía siempre que el cuerpo está sobrevalorado. Yo le respondía “sí, sí” mientras miraba distraído bien al cielo bien a mi vecina del cuarto.
El caso es que claro, si eres imaginario tienes bastante claro que el cuerpo está sobrevalorado. Por eso mismo mi amigo imaginario se hartaba el tío de panceta, bacon, costillas y no sé que burradas más. Como nadie lo veía excepto yo al tío le daba lo mismo estar gordo, tener granos y llevar siempre la camisa sucia y los pantalones rotos. Tenía el burro el colesterol por las nubes y los triglicéridos ni te quiero contar. El caso es un día, ¡pam! le dio un infarto y se murió. Es lo que tiene tener el colesterol tan alto y comer tanta panceta. Pero como era imaginario pues fui y lo resucité, porque sin él, la verdad, estaba un poco solo. Lo bueno que tiene ser imaginario es que te puedes morir y resucitar. Y sin esperar tres días ni nada.
Pese a sus ideas sobre el cuerpo le obligué a apuntarse a clases de gimnasia y para que no se saltara las clases fui y me apunté con él. La verdad es que me apunté yo solo, porque lo bueno que tiene ser imaginario es que puedes ir a donde quieras sin pagar, así que me ahorré su cuota y de paso me ponía en forma.
Las clases de gimnasia eran muy divertidas, aunque al principio a él le costaba mucho todo. De hecho durante el primer mes se moría siempre a la mitad de la clase. Lo bueno que tiene ser imaginario es que te puedes morir en cualquier momento sin que nadie se de cuenta. Durante el segundo mes de clase se moría cuando íbamos a hacer abdominales. Yo creo que a veces se moría de mentira, que me hacía teatro para no seguir haciendo esas cosas que la profesora nos obligaba a hacer.
- ¡Venga que sólo queda una serie! ¡Un poco más abajo! ¡Vamos, que es dolor sano!
En el tercer mes se moría al llegar a casa, que bien visto estaba mejor que morirse en público, porque así no tenía que llevar yo su cadáver metido en la mochila.
Ya por fin el cuarto mes no se moría, aunque le daban unos infartos y unas anginas de pecho que no se las saltaba un gitano.
Al final el hombre le fue cogiendo afición, no a lo de morirse, a lo de la gimnasia, y casi me obligaba a ir con él. Además dejó la panceta, el bacon y las costillas y se pasó a la ensalada y los filetes de pollo a la plancha. A pesar de todo no dejaba de decir que el cuerpo está sobrevalorado. El suyo, pese a ser imaginario, estaba cambiando mucho. Le estaban saliendo unos bíceps considerables y su barriga se había reducido en un 75%. Yo, sin embargo, estaba cada día más gordo y más cansado.
- ¡Vamos, que es dolor sano!
Como soy un crédulo yo estaba convencido de que en realidad ese dolor era sano. Sólo había que ver a mi amigo imaginario, que ahora parecía sacado de la imaginación de una adolescente con exceso de hormonas. Se parecía el tío a los de las fotos que tenía mi hermana en la carpeta. A él el dolor aquel le sentaba de maravilla. A mí no tanto, aunque notaba que la vecina del cuarto me miraba de una forma distinta. Tal vez era verdad que el cuerpo está sobrevalorado y por eso mi vecina me miraba.
Mi amigo imaginario se tomaba las clases con mucha seriedad. Lo hacía todo más rápido y mejor que los demás. Cuando la profesora pedía correr, el corría dos vueltas más que los demás, cuando ordenaba hacer abdominales él hacía dos series de más. Y así todo. Me tenía impresionado. Empezó a salir a correr con unas compañeras de la clase que como se aburrían se iban a trotar por los caminos cuando terminábamos. La verdad es que ellas no sabían que mi amigo imaginario iba con ellas. Es lo bueno que tiene ser imaginario que puedes ir donde quieras sin invitación ni permiso ni nada.
Por las tardes en lugar de nuestra habitual sesión de consola él se dedicaba a hacer pesas con unas mancuernas imaginarias que se había agenciado no sé dónde. Me tenía preocupado. Seguía repitiendo que el cuerpo está sobrevalorado pero lo hacía ya sin ninguna convicción.
Cada vez le veía menos, no sabía dónde se metía. Aparecía por casa a horas intempestivas. Venía a cambiarse de ropa y volvía a irse. Olía a perfume de mujer. Sospeché que tenía una aventura, pero yo no le había creado una amiga imaginaria. Temía por su salud mental, tal vez se estuviera volviendo loco e imaginara una novia. Comencé a tener fuertes dolores de cabeza, la idea de que amigo imaginario tuviera una novia imaginaria me parecía estrafalaria
incluso para mí, pero lo cierto es que él era una creación mía. Empecé a dudar de mi buena salud mental. “¿Estaré loco?” me preguntaba continuamente.
Mi gran consuelo eran las clases de gimnasia. Eran dolorosas pero divertidas. La verdad es que verlas debía ser más divertido que hacerlas, pero hacerlas tenía también su gracia. “¡Vamos, que es dolor sano!” comenzó a ser una de mis frases favoritas.
Un día en el portal mis dudas sobre mi supuesta locura terminaron, no estaba loco, mi amigo imaginario sí tenía una novia, pero no era imaginaria, era la vecina del cuarto. Mi amigo imaginario trató de disculparse pero yo estaba tan aliviado al conocer mi buena salud mental que les di a ambos la enhorabuena.
Mi amigo imaginario me dijo “Lo bueno de ser imaginario es que nunca defraudaré sus expectativas.” Una vez más tenía razón.
Un día mientras hacía abdominales con las piernas levantadas a noventa me dio un dolor súbito.
- ¡Vamos, que es dolor sano!
- ¿Estás segura?
- Claro.
Pese a la seguridad de la profesora morí al minuto siguiente. Entonces me di cuenta de la lucidez de mi amigo invisible, ciertamente, el cuerpo está sobrevalorado. Rubén Bravo.

Para Raquel y su dolor sano y para las compañeras de la clase de gimnasia. Y para todos aquellos que no se han apuntado a mis clases porque saben que no es el cuerpo lo que está sobrevalorado.

Un poeta, un poema. Jaime Sabines, Hay un modo... Creatura nº 14

Un poeta, un poema. Jaime Sabines. Hay un modo…

Hay un modo de que me hagas completamente feliz, amor mío: muérete.

El Poeta.
Jaime Sabines (1926 – 1999) es un poeta mexicano de poco renombre, al menos en nuestro país, más si es comparado con otros autores mexicanos: Sor Juana Inés de la Cruz, el Nóbel Octavio Paz o Juan Rulfo. Su limitada difusión internacional hace de él un poeta desconocido incluso entre los estudiosos de la literatura en español. Tal vez tenga que ver con el hecho de coincidir en fechas con Octavio Paz y más o menos en época con otros poetas sudamericanos que suelen estudiarse juntos pese a sus diversas procedencia y tendencia. Puede que también haya influido que los grandes valedores de la obra de Sabines en España hayan sido Joan Manuel Serrat, que cantó una de sus composiciones, y sobre todo Miguel Bosé.
Esta poca difusión se traduce en una limitada publicación de su obra en nuestro país. De hecho apenas si puede encontrarse una corta y no muy bien editada antología con el título Uno es el poeta.
Su obra poética se inicia en 1950 con Horal, aunque sus obras mayores comienzan en 1956 con Tarumba. Entre este grupo de obras mayores podemos destacar Yuria, Diario Semanario y poemas en prosa o Maltiempo ya en 1972.
La obra de Sabines se caracteriza por la búsqueda de la sinceridad y de la claridad expresiva: lo importante de su poesía es que sea entendida. De hecho una de sus primeras antologías mexicanas se titula Poesía de la sinceridad. En sus comienzos tiende hacia una poesía más poética, más cargada de imágenes y florida, aunque poco a poco va desnudándola en la forma y centrándose más en qué decir que en cómo decirlo. Logra así llegar a una poesía cargada de sinceridad, de realidad, un tanto prosaica, antirretórica, casi antipoética. Escribe normalmente en versos blancos y en prosa aunque podemos encontrar en tramos distintos de su obra algunos sonetos.
Temáticamente se centra en describir la realidad, en trasladarla a su poesía de la forma más directa posible, como podemos ver en el poema. Temas principales son el vitalismo y el pesimismo, el amor y la muerte tan presentes en la cultura mexicana.
Otro de sus temas recurrentes es el del cuerpo, su sufrimiento y su placer: el dolor y el sexo. “¿Qué putas puedo hacer con mi rodilla?”…” se pregunta o Las anginas te tumban como una pulmonía…”. Fundamental en su producción es el tema del amor y también su relación con la formulación física de este sentimiento: el sexo “No es que muera de amor, muero de ti […] de urgencia mía de mi piel de ti…”
El poema.
El poema, sin título como la mayoría de los del autor, pertenece al libro Diario semanario y poemas en prosa de 1961. Se compone de una única frase, directa, que se queda grabada a la primera lectura, que es casi un golpe para el lector. Parece un poema de completo y entregado amor, pero acaba despertándonos con su imprecación final, tan impropia de un poema amoroso: “muérete”. Pese a la corta extensión del poema podemos encontrar que mantiene un ritmo muy preciso, con cuatro paradas que marcan la entonación, el normal discurrir del discurso amoroso y al final la sorpresa: “modo” “feliz” “amor mío” “muérete”.
Como vemos no es un marbete vacío el de “poesía de la sinceridad” cuando lo aplicamos a la obra de Jaime Sabines. ¿Qué hay más sincero que esta imprecación a su amada, que este deseo de que se muera y le deje tranquilo de una vez para siempre? Es decir, ¿qué hay más pesado que el continuo zumbido del amor en un poemario, en una vida, en dos personas amándose, acariciándose en un banco de un parque? ¿No es lógico sentir ese deseo de paz ante ese zumbido aunque no se diga? Ahí se centra el poema de Sabines en el hartazgo del amor, en su momento pegajoso, empalagoso, insufrible que además ha servido para iluminar gran parte de la producción romántica de la humanidad desde los cancioneros medievales hasta las melosas canciones de algún que otro ejecutante. Estamos, pues, ante un poema a la contra. Pide al amor que lo deje tranquilo, que si quiere verlo feliz lo mejor es que desaparezca. En un poema de amor lo que se encuentra es lo contrario, es la solicitud implacable y repetitiva del poeta hacia el amor, el deseo de más y más amor.
Por otra parte, también está escrito a la contra en el sentido de que pide la muerte de la amada. Lo habitual en la poesía (obsérvese a Garcilaso, Dante y demás) es clamar contra esa muerte, no pedirla, y mucho menos conseguir la felicidad a través de esa muerte. Podríamos colegir que lo que persigue el poeta es que la amada sea convertida en ideal por su muerte, aunque parece esta una interpretación demasiado literaturizada y poco probable si nos atenemos al resto de la obra del poeta.
Otra posible interpretación, tal vez la más certera, nos dice que el poeta siente tanto su amor que lo mejor es que ella muera. Es decir, que el amor es tanto y tan doloroso y angustioso que la mejor manera de resolverlo no es fomentarlo, no es estar juntos siempre, sino lo contrario, la muerte, la desaparición de la amada y así conseguir que la amada sea un bonito recuerdo y no un dolor constante, y preciso siempre presente.
En el resto de la obra de Sabines podemos ver que el tratamiento del tema del amor, tratamiento negativo, toma tintes similares a los del poema: “¿quién podría quererte menos que yo, amor mío?” o “En una semana se puede reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se las puede prender fuego.” o “Sólo una tonta podría dedicar su vida a la soledad y al amor.”
Para quitar ese buen mal sabor de boca que dejan estas citas acabemos con una de amor sincero, pues las hay y muchas en la obra de Sabines: “No es nada de tu cuerpo, ni tu piel, ni tus ojos, ni tu vientre, […] Es sólo este lugar donde estuviste, estos mis brazos tercos.”
Rubén Bravo.