miércoles, 26 de mayo de 2010

BESOS DE CROQUETA. CREATURA Nº 52. DELIRIO VANO É QUESTO!

En lo único que podía pensar mientras subía esa escalera era que gracias a Dios sólo eran dos pisos. Menos mal. Sólo dos pisos. Me lo repetía todo el rato. Dos pisos. Dos pisos. Porque si fueran más, si fueran más pisos, llegaría cansado, llegaría sin resuello, llegaría boqueando y no podría hablar y mucho menos podría hacer lo que yo quería hacer. Lo que quería hacer, ¡qué bonito era lo que quería hacer! Lo había visto en todas las películas. Era el momento final. Aunque siempre he pensado ¿qué pasa después? ¿qué hay después de esa imagen, de ese fotograma, de ese segundo, de ese... sí, de ese beso? Porque a lo que yo iba a ese segundo piso era a dar un beso. Por eso pensaba en que si llega a ser en un cuarto, o incluso en un tercero mi plan fracasaría sin remedio, porque llegaría sin aire y no podría hablar, ni dar ese beso, sólo podría echar el bofe, recuperar el aire y, ¿cómo iba a dar un beso así? Así que era una suerte que ella viviera en un segundo piso. Una verdadera suerte. Eso y salir a correr una vez a la semana. Eso me permitía subir esos escalones sin problemas, llegar arriba, decir hola, o no, no decir ni hola, cogerla de los hombros, acercarla y fundido en negro, que suba la música, ese era el momento, ese era el final de la película. A partir de ahí todo habría de ser intuido. Todo se sabía. Perdices y felices. Ella y yo.

Así que subí los dos pisos y no tuve que llamar al timbre. Y eso era malo por un lado y bueno por otro. Porque en mi cabeza la imaginaba abriendo la puerta y yo entrando decidido y adelante, apunta, acércate y cierra los ojos. Así que esa parte no se cumplía. Pero era bueno, porque ella me estaba esperando en el umbral y me hablaba desde la puerta. No tuve que reunir el aire, porque no me faltaba, entré. Ella cerró la puerta. Los vecinos no nos verían. Eso estaba bien. No hacía falta público. Aunque una parte de mí quería que nos aplaudieran al final. Ella hablaba, ¿por qué hablaba? Eso no tenía que pasar, repasé mi fantasía, no, no pasaba eso en mi fantasía. Pero daba igual. Ella hablaba. Le pregunté algo. Ella dijo sí. Sí. Pero me dio igual, la aparté a un lado. Y la música subió. Beso. Acerté y todo en el punto indicado (tuve miedo durante un rato de besarla en un hombro o algo peor). Iba a subir la música cuando, No. No. No. Eso lo decía ella. Soy pesimista, así que me había imaginado este escenario. No pasa nada. No nos va a salir bien a la primera. Siempre se fracasa en el primer intento. Mira los hermanos Wright. Se dieron muchas hostias hasta poder volar. Yo oía un sonido, pero dado el poco éxito de mi operación, o dado que mi operación ya había terminado decidí marcharme. Pero ella no me dejó. Me llevó a la cocina y me sentó en una silla. El sonido que oía era ella. No dejaba de hablar todo el rato. Hablaba y hablaba. A mí me gustaba oírla hablar. De cualquier cosa. Incluso no oírla hablar. A veces sólo me llamaba para bostezar. O para otros ruidos inarticulados. Recuerdo que a veces me hablaba de su pez de colores y que me encantaba que me hablara de ese pez. Hasta me encantaba ese pez. Deje de comer pescado por ese pez. Me gustaba oírla hablar. Y no era por el sonido de su voz. Era por lo que decía. Decía muchas cosas y algunas me parecían muy interesantes. No sé si lo eran. Pero a mí me lo parecían. Toda la vida que me contó, falsa o no, nunca lo supe, me parecía muy interesante. Pero ahora no hablaba de su vida ni de su pez de colores. Ahora hablaba de lo que había pasado. Yo no le daba importancia. Y decía lo que tenía que decir, el otro día me quedé con las ganas de hacerlo. Y he venido hoy y lo he hecho. Si te he molestado lo siento. Pero tenía tantas ganas de hacerlo que no he podido pasar sin hacerlo. Esta mañana iba a trabajar y lo iba pensando y casi tengo un accidente con el coche porque me lo imaginado y he cerrado por un momento los ojos para disfrutar de ese beso. Esto no se lo conté pero lo pensé. Lo pensé. Era ella la que seguía hablando. Me hablaba de muchas cosas. De que era un valiente (me vi a mí mismo lanzándome contra un batallón entero sólo con mi espada desnuda), que nadie nunca había hecho eso por ella. Que ella no sería capaz de hacerlo. Yo sonreí. Creo que sonreí. Estaba sentado en la cocina, mirándola y oyéndola, pero poco. Miraba más sus labios y me preguntaba si realmente lo había hecho. Ella seguía hablando, buscando excusas. No. No. No debiste hacerlo, mira en qué situación estoy, en que situación estás tú. Me dieron ganas de decirle que no me importaba ni su situación ni la mía. Y entonces dijo que cómo se me ocurría hacerlo cuando ella tenía la boca llena de croquetas. No sé por qué lo dijo. Y tantas veces. Ni por qué se quejaba. Si total no había habido beso. No beso, beso. Qué más daba lo que hubiera en su boca. No percibí el sabor a croqueta. Apenas una pizca. El de las croquetas es desde entonces el sabor de la derrota. Por eso las he dejado. Por eso y porque tienen la manía de servirlas ardiendo por dentro y frías por fuera y al final siempre me abraso el paladar. Debería hablar del día siguiente, pero no vamos a volver a enfadarnos.

A todas las croquetas, menos a las de mi madre.

lunes, 12 de abril de 2010

JOSÉ LUIS GARCI. CREATURA 51. ESPECIAL CINE.

La obra de José Luis Garci está enturbiada por los prejuicios y los supuestos. Se supone que Garci es el director de los académicos, el director aburrido, el director de una determinada tendencia política, el director pedante que envuelto en una nube de humo habla de la maravilla de una toma, el director, en fin, que toda una rama cultural ha tomado como blanco de sus críticas, como elemento de broma.

Parece olvidarse que sobre todo de lo que está llena la obra de Garci es de buenos momentos de cine.

Desgraciadamente se hace necesaria una reivindicación de la obra de este cineasta español, el primero en conseguir un Óscar de la academia americana, el autor de películas que iremos repasando, brevemente, en este artículo.

Antes que hablar de su obra parece necesario hablar de Garci como hombre de cine, como divulgador del hecho cinematógrafico en sus programas de televisión, ¡Qué grande es el cine español! Y ¡Qué grande es el cine! él ha ayudado a difundir películas inolvidables, a directores, por desgracia sí olvidados a grandes actores cuyos nombres no sabemos aún pronunciar.

La obra de Garci cubre treinta años de la historia de España. Los treinta últimos, años de cambio social, artístico, cultural, humano. No es el de Garci un cine pegado a su tiempo, es un cine que podría suceder en cualquier lugar, en cualquier tiempo, un cine con un aire universal, de marcadas influencias del Hollywood clásico. Sus historias, escritas casi siempre por él mismo, son historias que se despegan de la historia y van a lo humano, a lo que afecta a todo hombre en cualquier momento de la historia. Lo social, el contexto histórico, es en Garci un marco en el situar su historia, una forma de concretar unos personajes en un lugar. Poco más. Esta desinhibición de lo histórico ha costado mucho a muchos artistas. El olvidar lo concreto y fijarse en lo permanente, en lo que quedará siempre, en lo humano, al fin y al cabo, ha marcado la obra de muchos a partir de la Guerra Civil. Se les llamó evasionistas. También algo de eso hay en la furibunda crítica a Garci. En su obra encontramos temas que son propios de todo momento y todo lugar: el amor, la añoranza, la soledad, el desconsuelo y el desconcierto ante la vida que nos va llevando, etc.

No es el de Garci un cine de género único. Ha visitado muchos de ellos, desde la historia de amor con la que debutó en 1977 Asignatura Pendiente, historia de dos amantes que no encontraron su tiempo para amarse y lo deben encontrar después, en otro momento, en otro lugar, historia de todos y cada uno, que hemos tenido un amor que no se hizo y que siempre, incluso casados como los personajes de la película, querremos hacer. El amor también lo encontramos en una de sus últimas grandes películas Historia de un beso, donde realmente encontramos la historia de tres besos, de seis personajes que se encuentran y se aman. Película donde encontramos uno de los besos más emocionantes del cine español: “¿Cuándo es el mejor momento para visitar París? Cuando tú vengas, ese será el mejor momento...” y el beso que empieza tímido en los ojos de la protagonista y se va haciendo grande y deseado en los ojos del espectador.

También ha tocado Garci el cine negro con dos grandes películas que nos descubrieron a Alfredo Landa como un gran actor, no sólo como un gran cómico. El Crack y su continuación, El Crack dos, cuentan la historia de un detective que busca venganza, una historia filmada y contada de un modo que no nos extrañaría encontrar en clásicos como Ford o Eastwood.

Pero sobre todo habla Garci de lo humano de lo que a todos afecta. La muerte y la añoranza y la esperanza en su película más premiada Volver a empezar. O el desconsuelo de vivir, la tristeza de a dónde nos lleva la vida en Las verdes praderas obra que cuenta la historia de un hombre que se ve empujado a una vida que no quiere, que quiere salir de sí mismo y del círculo que le envuelve y le empuja a ser lo que no quiere ser. Historia que podría ser de todos lo hombres. Y también historia de cómo la destrucción de un sueño, supuesto, es cierto, puede ser un éxito. Y de cómo la aceptación de la verdad, de cómo dejando de engañarnos a nosotros mismos (lo más fácil de todo es mentirnos a nosotros mismos como dice el protagonista de Historia de un beso) puede llevarnos incluso a la felicidad.

miércoles, 17 de marzo de 2010

martes, 16 de febrero de 2010

PROCESOS DE IDENTIFICACIÓN. CREATURA Nº 49

Partamos de una teoría previa: el hombre es un ser narrativo. Es decir, que el hombre está hecho para contar. Su vida, sus mentiras, sus ficciones, su sufrimiento, su alegría, su placer, etc. Es narrativo por definición. Por eso todo el rato nos estamos contando qué hacemos, dónde vamos, qué queremos. Unos a otros. Por eso hay tantos medios de comunicación y se inventan y proliferan otros nuevos: teléfonos, cartas, telegramas, mensajes, internet, MSN, tuenti, y los que vendrán. Sirven para lo mismo, para contarnos y que nos cuenten. Para trasmitir nuestra vida y la de los demás a un público más o menos atento.

Ya sabido esto, vamos con lo que hoy nos ocupa. En toda narración, y no sólo narración, también en casi todas las manifestaciones artísticas, se establece una relación íntima entre el receptor y el emisor. Es decir, que toda actividad artística es un acto comunicativa entre un autor que emite y un receptor que recibe un mensaje. Pero no es una comunicación normal, no es un mensaje de los habituales donde queremos simplemente transmitir un mensaje, una información, queremos algo más, queremos transmitir una sensación.

El receptor de esa sensación la interpreta, pero no sólo eso, la hace suya, la siente, la vive de una manera u otra, en primera persona.

Es decir, se identifica con el emisor. Pongámonos un segundo ante un momento artístico universalmente reconocido: el grito de Edvard Munch. Todos conocemos esa figura, pero ¿quién no se ha visto a si mismo profiriendo ese grito? ¿Quién no se identifica con el dolor de esa figura que pese a todo no parece absolutamente humana, transida, seguramente, por el dolor? Ese proceso se ha producido al mismo tiempo que la comunicación, han dejado de estar uno a cada lado, emisor y receptor, a estar los dos en el mismo lado, los dos como emisor de esa sensación. O lo que es lo mismo, nos hace vivir ese momento, esa historia, ese sentimiento, y nosotros a su vez lo hacemos nuestro, lo hacemos íntimo y propio, nos convertimos en emisores del mensaje que nosotros mismos recibimos. Nos hemos identificado con el artista, con su mensaje, con el protagonista de la representación artística.Hemos dado ahora con una palabra importante, protagonista. La identificación tenderá a ser con el protagonista del acto comunicativo. Cuanto más concreto, más próxima y más certera será esa identificación. Cuanto más abstracto, más lejano a una interpretación personal, más difícil será ese proceso.

Si hay un protagonista, si existe, sea la voz del poeta, sea un personaje que vemos en una película, sea una figura escultórica, podremos identificarnos con él.

De ahí que comenzáramos hablando del hombre como ser narrativo. Si bien estos procesos identificativos se pueden dar en cualquier arte, se dan preeminentemente en aquellos que tengan la facultad de trasmitir una historia, una narración. Así, el hombre como ser narrativo, pretende que los demás se identifiquen con él, no sólo informar de sus hechos, presumir de ellos, también hacer sentir lo que él sintió.

En la narración existirán una serie de personajes. De personas fingidas por así decirlo. Y la posibilidad de identificarnos con ellos, protagonistas, secundarios, malos incluso, es muy fácil, muy primaria.Tomemos cualquier película. ¿Quién no siente los golpes que le dan a Indiana Jones? ¿Y quién no disfruta y sonríe cuando este saca el látigo? O vayamos a una comedia, ¿quién no siente bochorno antes las estupideces del Inspector Crusoe? ¿O ante las meteduras de pata de Ross Geller? Es por el proceso identificativo. Porque nos identificamos, nos sentimos como ellos, ellos al fin y al cabo.

Es un proceso básico en toda narración, hacernos sentir payasos, héroes, amantes, amados, triunfadores, miserables, morir y renacer, y volver a hacerlo muchas veces.

Es el proceso básico que se da en un género tan poco estimado como el porno. ¿Cómo se podría suponer el triunfo de este género sin la suplantación que del protagonista hacen los espectadores? ¿Cómo se explica este éxito si no es porque el espectador se pone en la piel del protagonista de la escena?

He ahí la identificación, ese proceso tan importante en el arte. Tanto que si un protagonista lo consigue, la obra trascenderá.

viernes, 22 de enero de 2010

CUATRO AÑOS. DELIRIO VANO É QUESTO! CREATURA Nº 47 Y 48

Este fanzine cumple cuatro años. En cuatro años, multiplicad, os hemos ofrecido, cuarenta y ocho números. Unas 1.400 páginas. No todas han sido buenas, pero todas tienen la marca Creatura. Todas tienen la intención de divertiros, interesaros, informaros, rogaros, por Dios, que nos leías.

Creatura lo hacemos entre un grupo, más bien pequeño, de gente.

Están los jovencitos, Gabi y Largo. Que siempre andan un poco despistados y que tardan en entregar, pero que lo hacen muy bien y les perdonamos por ello. Y que nos hacen reír. Y si no nos reímos, no somos nadie. No somos humanos.

Están los del final. Pedro y Víctor, que sin quererlo forman algo así como un pareja compacta. Un estilo rock and roll perfecto que nos ha salido sin querer y que nos queda muy chulo, porque nos da una clase y un estilo que ni muertos soñaríamos. Cierran el fanzine, y le ponen el broche perfecto después de tantas cosas raras y burras que hemos dicho los demás.

Luego están las chicas. Que son lo más bonito de Creatura. Y que siempre han sido lo más delicado. Como la rosa entre los cardos, así nuestras chicas entre nosotros.

Noemí que tiene la palabra delicada como esa rosa y que a veces pensamos, ¿qué hace entre estos cardos?

Ana que es la que tiene más talento de todos. Y que si tuviera mala leche nos mandaría a paseo porque no pagamos. O porque hablamos todo el rato de porno. O porque es tan buena que podría hacer lo que ella quisiera.

Y Leticia, que ya no estará más, pero que nos llena de miedo y de ensueños. La echaremos de menos.

Luego está Tais. Que nos cuenta cosas que no sospechábamos. Que nos hizo a todos satánicos aunque fuera sólo un mes.

Están los que vienen nunca. Armando, que viene cuando hace falta, a recitar, y mientras es el poeta oficial de Creatura.

Y Juan Francisco, que dejó de venir porque quiso, como lo hace todo. Y nos cuenta la vida. Porque la vida es un punto de vista. Y eso nos cuenta Juan Francisco, un punto de vista.

Laura no está entre las chicas, porque no está aquí. Está siempre en otro lado. En el lado de allá. Y no sabemos cómo, pero nos hace llegar sus crónicas al lado de acá.

El alma del fanzine es el Kebran. El pone todo lo que tiene. Es nuestro espíritu. Sin él no soplaríamos como lo hacemos. Sin él no nos conocerían más allá de Ugena. Siempre lo pone todo por Creatura. Algún día se lo devolveremos.

Pinky y Julio son también, de cierta forma, una pareja.

El Bar y el Hombre Irónico comparten la misma idea. Y como han crecido juntos en los bares, Pinky y Julio a veces parece que piensan lo mismo.

Pinky vive en la calle. Y se nota en La historia de la gente. Sólo uno de ellos puede contar esa historia.

Julio vive en otro sitio. Como en un punto más alto. Aquello está lleno de cómics y parece que al final se le ha contagiado la mirada.Todo lo ve como una historieta. Con nostalgia. Como un friky. Con ironía. Como en dibujos.

Y están todos los demás.

Los que se fueron. Sobre todos Ángel. El color de Creatura. Las letras de Creatura. Él, como hizo Prometeo con el hombre, nos dio forma. Y nos enseñó el fuego. Y cómo se utiliza. No está con nosotros en persona. Pero su espíritu queda.

Y Marcos, y el Bala, y Javier Menes y Amable, y todos los que han pasado por estas páginas y no han podido quedarse.

También está el futuro de Creatura. Que es un poco Miguel, y sus crónicas, y su forma de ver las cosas. De ahí vendrá el futuro. Lo estamos esperando.

Todos nosotros hacemos Creatura. Y vosotros también. Porque si no nos lee nadie, si nadie mira nuestros dibujos, nuestras chorradas, Creatura está muerto.

Hazlo vivir. No sé si merecemos cuatro años más. Pero lo intentaremos.

A Creatura, y la idea que defiende. Y a todos los que la defienden.

domingo, 6 de diciembre de 2009

UNA IDEA CON ÉXITO. CREATURA Nº 46

En el mundo del arte hay ideas que parecen tocadas por el éxito. Ideas que se repiten una y otra vez. Ideas tan buenas que son usadas después por las generaciones siguientes con el mismo o más éxito.
En 1848 nació una de esas ideas exitosas que después ha sido profusamente repetida con una fortuna similar. Alejandro Dumas hijo escribió, a partir de una experiencia personal, la novelita La dama de las Camelias. La obra, una historia sentimental donde el lenguaje y los tópicos del romanticismo son fundamentales, fue un éxito desde el principio. Se agotaban las ediciones y las nuevas se volvían a agotar. Este éxito motivó que pocos años después el autor adaptara la obra al teatro. En 1852 se estrena la versión teatral. Un nuevo éxito. Un fulgurante éxito. La historia de la cortesana “aristócrata” que se enamora de un jovencito y sus penosos y tristes amores entusiasmaba a mujeres y hombres. El lenguaje del romanticismo y los tópicos de la época hacían propicio este éxito. Tenía todos los ingredientes necesarios para que el público la aplaudiera: amor, tristeza, emoción, un nuevo lenguaje en boga en el momento, expectativas que se incumplían continuamente, identificación por parte de la audiencia…
Estos ingredientes hicieron que la idea de Dumas hijo fuera un éxito del momento.
En esa época romántica, algo lejano de París, lugar de acción y de explosión de este éxito, Verdi conoce la historia de la cortesana y el joven y le inspira la creación de una ópera. Este hecho no es novedoso en el músico italiano. Durante la época romántica compondrá obras basadas en varios textos románticos tales como La forza del destino o Il trovatore basadas en obras románticas españolas ( Don Álvaro o la fuerza del sino y El trovador).
Con Francesco Maria Piave como letrista, Verdi compone la mejor ópera de la historia del género, la ópera de las óperas, La traviata. Corre el año de 1853, un año después del estreno de la versión teatral, cinco, sólo cinco, después de la aparición de la novela. Y ya es un exitazo. La ópera es la cima del género, la historia de la cortesana y el jovencito, de sus amores desgraciados se ha convertido en universal, ha saltado de género dos veces, de idioma, se le ha añadido música, se ha cambiado el medio, el lenguaje y aún así sigue siendo un éxito.
Sigamos en el mundo musical. La obra sigue conquistando adeptos. Basándose en la música de otro gran romántico, Chopin, el coreógrafo alemán John Neumeier realiza en 1978 un ballet en el que se desarrollan de nuevo las aventuras de Margarita y Armando o de Violeta y Alfredo y que nuevamente se convierte en un éxito.
Pero la cosa no queda aquí. Un nuevo lenguaje artístico empieza a desarrollarse a comienzos del siglo XX, un lenguaje que aprovechará cualquier idea buena de los otros, que, de alguna forma, puede aglutinarlos todos: es el cine.
Desde 1911 el texto de Dumas ha sido adaptado a la gran pantalla. La fuerza de la historia y su éxito ha atraído a numerosos directores, guionistas, actores de múltiples nacionalidades. La historia sigue interesando, sigue gustando, sigue adaptándose, sigue presentándose como emocionante para el público.
Tanto es así que en 2001 aparece una nueva visión de la obra de Dumas. Baz Lurhman adapta la obra sólo que le cambia el título, ahora pasa a llamarse Moulin Rouge. En la nueva obra se mezclan conceptos. La idea es la misma, un joven llega a París y quiere comerse el mundo. Conoce a una cortesana de la que se enamora. Y ella de él. Pero ella está enferma. Hay que añadir algún lío sentimental (en todas las versiones la historia se complica continuamente). Y el trágico final. Además se le añade música. Pero no la música de Verdi, sino música actual, música pop. Es decir, que se ha adaptado y actualizado la idea. Y esta vuelve a tener un gran éxito. Taquillazos continuos. Pases televisivos con gran audiencia. Y dos Óscars.La idea ha ido dando vueltas, ha ido adaptándose al momento o al arte que la ha requerido. La misma historia ha tenido varias versiones, varios lenguajes y aún así sigue enganchando al público. Es sin duda una idea exitosa esa que tuvo en 1848 Alejandro Dumas. Él contó una historia personal. Pero se convirtió en una historia universal. A él le valió la fama y el dinero. A todos los demás nos ha dejado sus representaciones, sus versiones, su éxito.

sábado, 7 de noviembre de 2009

LA RUMOROSA. CREATURA 45

Le cantaban eso de “A la lima y al limón, que no tienes quién te quiera, a la lima y al limón, te vas a quedar soltera, que penita y que dolor, que penita y que dolor, la vecinita de enfrente, solterita se quedó”
Eso mismo le paso a Merceditas, Mercedes, doña Mercedes casi ya.
Todo soltero tiene un vacío que debe llenar: el tiempo. Tiene tiempo de todo, le sobra el tiempo y como nadie le molesta ni le obliga a hacer cosas, el soltero se ve abrumado por el tiempo. Eso lleva al soltero a tener ideas peregrinas. Porque tiene mucho tiempo libre. Y lo usa para pensar. Y se le ocurren muchas ideas. Casi todas malas.
Así le pasaba a Mercedes, que como tenía mucho tiempo libre lo tenía que ocupar en algo y lo ocupaba en inventar historias. Esto estaría bien si las hubiera escrito y se hubiera hecho unas tarjetas en las que pusiera: “Mercedes López. Escritora.” Pero no le gustaba escribir, a ella lo que le gustaba era contar cosas, hablar, hablar, hablar. Se podía pasar el día entero hablando. Si te cogía por la calle y le dabas un poco de carrete estabas perdido. En concreto tu tiempo estaba perdido. Te contaba todas las historias del vecindario, las de su familia, las de tu familia, las tuyas propias.
Por eso la llamaban La Rumorosa, que parece un nombre de zarzuela o de cuplé. Y es un poco de cuplé y de zarzuela había en Mercedes.
Un día veía pasar a una moza con un chiquito por la ventana de su casa y pensaba: “¿No serán novios estos dos?” como al día siguiente volvieran a pasar ya decía: “Confirmado, estos están liados.” Y lo propagaba a los cuatro vientos. Si eran dos solteros daba un poco lo mismo (menos cuando tenían intereses ajenos) e incluso se daba el caso de solteros que oían el rumor de que estaban juntos y se lo creían y salían juntos y se casaban. Y todo eso se lo debían a la Rumorosa. El problema era si uno de los dos estaba casado. También había provocado divorcios la Rumorosa, alguno divorcio agradecido, querido por ambos que no se atrevían, empero, a solicitarlo. Algún ramo anónimo le llegó a la Rumorosa, que feliz y contenta pensaba que tenía por ahí un admirador que la hiciera no ser soltera por nunca jamás.
Sus rumores favoritos eran los de parejas. Se complacía emparejando a la gente aunque fuera en sus historias. Alguna había que tenía en su haber más conquistas que ladrillos la catedral de Toledo. Por eso se granjeaban fama de chicas fáciles. Y cuando un muchacho no conseguía nada con ella decía: “Será perra, conmigo no quiere y con los demás…”
Cuando una mujer pasaba mucho tiempo sola delante de su ventana ella decía: “Esta es una estrecha” y esa fama crecía y crecía. A pesar de trabajar en el famoso club Leo. Pero la muchacha se complacía en ello, como Clark Kent en su doble identidad.
También cabía la otra posibilidad, Mercedes era una imaginativa mujer. Cabía la posibilidad de que fuera lesbiana. Y si siempre llevaba pantalones ya estaba claro: era lesbiana. Alguna probó las mieles del bello sexo sin habérselo nunca propuesto. Y dicen las malas lenguas que le gustó.
La Rumorosa inventaba a más y mejor. Pero nunca lo muy evidente. Si pasaba un chico con mucha pluma, nunca pensaba decir que era esto o lo otro o lo de más allá. Pensaba en que podía inventarle un novio, un marido, un hijo secreto de una vez que tuvo un desliz con una señorita.
Desde su ventana veía la Rumorosa pasar un hombre muchas veces. Y se preguntaba qué hacía aquel hombre siempre por allí, dando vueltas. Solo. No sabía qué pensar qué inventar. Se le pasó por la cabeza inventar que estaba allí por ella. Pero no le parecía creíble.
Un día en el mercado el pollero le dijo: “Mercedes que me han dicho que te has echado novio” ella miró extrañada y sonrío: “Ojalá, Marianín” y luego en los congelados: “Mercedes, quién es novio que te has echado” “No sé quién será pero a ver si lo conozco ya”Y en todos los puestos igual. Empezó a pensar si no era cierto. Si no tendría un novio y ella no lo sabía. Así que cuando vio al hombre aquel paseando ante su ventana se arrancó y le dijo: “¿Qué? ¿Vamos donde siempre?” Y él dijo. “Claro Merceditas donde siempre, pero hoy, antes pasamos por la Iglesia a ver como va lo de nuestra boda”. Pero la historia de la boda de la Rumorosa ya es otra.