sábado, 7 de mayo de 2011

UN POETA, UN POEMA. LUIS CERNUDA. CREATURA Nº 64.

Si el hombre pudiera decir lo que ama,
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
como una nube en la luz;
si como muros que se derrumban,
para saludar la verdad erguida en medio,
pudiera derrumbar su cuerpo,
dejando sólo la verdad de su amor,
la verdad de sí mismo,
que no se llama gloria, fortuna o ambición,
sino amor o deseo,
yo sería aquel que imaginaba;
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
proclama ante los hombres la verdad ignorada,
la verdad de su amor verdadero.
Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina
por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu
como leños perdidos que el mar anega o levanta
libremente, con la libertad del amor,
la única libertad que me exalta,
la única libertad por que muero.
Tú justificas mi existencia:
si no te conozco, no he vivido;
si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.

Luis Cernuda es un poeta de la Generación del 27, esa generación rota por la guerra y que siempre se estudia en el colegio o en el instituto y de la que realmente se sabe muy poco. Poeta sevillano, de clase acomodada, Cernuda representa muy bien el espíritu burgués de la generación. También encaja en su generación por el hecho de haber cursado estudios universitarios y haberlo hecho en Madrid. Al estallar la Guerra Civil Cernuda tuvo que exiliarse en América. México fue el destino del poeta sevillano. Allí escribió alguno de sus mejores poemas. Frente a otros compañeros de generación, Cernuda siempre fue un poeta poeta, es decir, no fue profesor universitario, no fue novelista o dramaturgo. Su ocupación única fue la poesía. Dejemos de lado a los Formalistas rusos y su idea de que el poema o la obra literaria habla por sí misma y no es necesario conocer el contexto de producción de la obra o del autor. Esa información puede en ocasiones no ser útil, pero en otras podrá explicar muchas cosas. Es evidente que en ocasiones nos excedemos a la hora de relacionar vida y obra de un autor, que no es necesario conocer su lista de la compra. Pero no podemos negar que muchas veces su biografía nos aporta datos útiles a la hora de entender su obra. Cernuda era homosexual. Tenía fama de ser un tanto afeminado. Pensemos ahora en lo que dice el poema. “Si el hombre pudiera decir lo que ama”. Habla el poeta de la libertad de hablar. Tiene la libertad de obra y la de pensar pero no la hablar, que es la más dura en un poeta. Su amor es tal que justifica su existencia, pero no puede decirlo, no puede ponerle palabra. He aquí un tema fundamental en la poesía, la palabra y su capacidad liberadora, creadora. “En el principio era la palabra...” comienza diciendo San Juan en su evangelio. Y así es. Todo se hace con la palabra y mediante la palabra. Y así lo cree también el poeta que quiere hacer su amor más cierto, más verdadero pudiendo decirlo. Pero no puede hacerlo. Pero tiene que esconderlo. No puede apelar a la libertad que le exalta, a la del amor que vive y que no puede, pese a todo declarar. Cernuda titula uno de sus libros La Realidad y el Deseo. Y de eso se trata aquí. De la realidad de un amor que existe y del deseo de contarlo. Pero de la confrontación entre ambos. De la lucha entre el deseo de decirlo y la imposibilidad de que ese amor, por su índole, pueda ser libremente declarado. La realidad truncando el deseo una vez más. Pero volvamos al tema de la palabra. La libertad para contar lo que se siente y lo que se piensa está, ha estado y estará constreñida en muchos sitios, en muchos momentos, por muchas razones. Y la expresión de ese sufrimiento es lo que expresa este poema. No poder decir lo que un hombre ama. Qué mayor desgracia. No poder declarar el amor que se desea y que se disfruta. Amor, palabra, deseo, libertad, temas universales que están en la obra de Cernuda y que vemos reflejados en este poema que tiene también una gran capacidad de identificación y un gran trabajo en la forma: ritmo, sonoridad y lenguaje.

jueves, 7 de abril de 2011

BLOQUEADO. CREATURA Nº 63.

Estoy bloqueado. Tengo que escribir mi artículo en Creatura. Pero estoy bloqueado. Así que no escribo. No me gusta escribir. Pero escribo. No dejo de escribir. Mantengo una relación confusa con la escritura. No me gusta escribir. Pero escribir, en ocasiones, me hace feliz. Escribir no me parece necesario. Puedo no escribir. Pero hace mucho que no dejo de escribir, que no pasa un solo día sin que escriba algo. Y sin que eso que escribo sea visto, sea público. No me gusta escribir. Pero escribo. Estoy bloqueado. Así que no escribo. Estoy bloqueado. Que es lo mismo que decir que estoy cabreado. Conmigo. Porque no hago lo que pido a los demás que hagan. Paseo por la habitación dando vueltas. Apoyo la frente en la mesa. Busco las palabras. No me gusta escribir. Miro por la ventana. Pasa una mujer. Está divorciada. Tiene dos hijos. Pienso en su marido. La realidad está llena de literatura. Esa mujer está llena de historias. Pero yo no puedo escribir. Pasa un coche. Se oye el ruido de un avión. El mundo está lleno de gente (¿Demasiada gente?) con historias más interesantes de las que yo puedo contar. No debería escribir. Ni aunque me lo pidan. Ni cuando tú me lo pedías. Pero lo hacía. Y lo escrito ya no puede borrarse. Ni romperse. (¿Dónde estará todo aquello que te escribí? ¿Lo guardarás? Realmente no me importa. Era mentira). Paseo por la habitación pensando en cosas que podría contar, en palabras que podría decir. Pienso en todo lo que he ido contando últimamente. Es como una novela inconexa, donde aparecen episodios aislados. Palabras comunes. Situaciones que están ligadas. Que son las mismas. Camas que han estado siempre vacías, pero de las que he ido expulsado a todas las mujeres que se acercaban. O que se podrían haber acercado. Sé que todo eso ha sido falso. No porque haya o no sucedido. No porque no haya sido posible. Es falso porque ha sido escrito igual que escribo ahora. Escribiendo lo que no quiero escribir. Escribiendo sin escribir. Mintiendo demasiado. Es el 21 de diciembre. La fiesta de Navidad. Mónica Perales y yo hablamos apartados de los demás. Me río cuando Mónica dice la palabra chingar. Es una palabra infantil. Sin darme cuenta he dicho una verdad. No se ha dado cuenta de que lo he hecho. Pero lo he hecho. Cuando bajo de la banqueta me siento mareado. Tengo ganas de vomitar. Bebo agua. Respiro lenta y profundamente. La sensación va pasando. Espero. Respiro. Nos vamos. Mario y Fran mean en una esquina. Espero. Seguimos esperando. Odio esperar. Nos vamos. Tengo ganas de vomitar. Desde entonces toda va mucho peor. Me abruma tu literatura. Tu forma de ver la realidad. Eso era antes. Ahora ya no. Ya no hay realidad. Ya no puedo contar nada. Sólo que estoy sentado en ese taburete del Callejón. Mientras hablo con Mónica Perales. Ese es el momento. No hay otros. Ese es el que quiero contar. El que intento contar. Pero no hay manera de convertirlo en nada. No puedo contarlo. No tiene palabras. Es un momento vacío. Es un momento sin significado y sin sentido. No es nada. Por eso no puedo contarlo. Pero quiero contarlo. Y no puedo. Desde entonces todo va aún peor. Por eso ahora apoyo la cabeza encima de la mesa esperando una palabra que no encuentro. Y lo único que se me ocurre es pensar en ti. Pero como pensar en ti me aburre abro google y escribo jizz. Tres mil vídeos me abruman tanto que no soy capaz de decirme. Me visto para salir a correr. Sudar. Respirar. Tal vez pensar. Pero no salgo. Intento escribir un mensaje. Pero estoy bloqueado. Últimamente no puedo escribir mensajes. Ni correos. Ni privados. Los escribo y los reescribo. Equivocándome. Diciendo lo que no quiero. Lo que no debo. Me rindo y definitivamente pienso en ti. En tu pelo y en tu nariz. Y pienso en tus pechos. Y no pienso nada más. Porque la fantasía requiere narración y estoy bloqueado. Eyacular ayudaría a pensar. Pero me bloqueo en otro momento vacío. Y no puedo continuar. Me miento a mí mismo. Empiezo a escribir. Palabras. Forman una historia. Otra vez conduzco. O me ducho. Sé que relación tiene eso conmigo. Sé que eso me ayuda a pensar. Otra vez hay una mujer que está a mi lado durmiendo. Y otra que es su antagonista. Pero en realidad no hay ninguna mujer. Es mentira. La literatura es sólo mentira. Me río de mí mismo. Yo no hago literatura. Pero sí miento. Me gusta mentir. Todo el tiempo. A todo el mundo. Sigo escribiendo sin sentido una historia que no es ni será cierta. Las frases llenas de palabras con sentido a veces me sorprenden. Soy un mentiroso. Un buen mentiroso. Mónica Perales ya no está sentada a mi lado. Pero lo estará dentro de un rato. Cuando llegue al final de la página y vuelva a leer todas las mentiras que he escrito. Y me sorprenda de eso que he escrito. Porque no lo he pensado demasiado. Porque no tiene sentido. Porque no me gusta. Porque es mentira. Y Mónica o ese recuerdo o la falsificación de ese recuerdo volverá siempre que escriba. Porque no podré nunca contar ese momento. Ni ningún otro que deba contar.

lunes, 7 de marzo de 2011

LA REALIDAD Y EL PORNO. CREATURA 62.

Es bien cierto, aunque sea una frase hecha, que la realidad imita al arte. Igual que el arte imita o pretende imitar a la realidad. Aristóteles señala en su Poética como la poesía, la literatura al fin y al cabo, debe tender a imitar a la realidad, a representarla de una manera u otra. Y múltiples propuestas han defendido esto durante siglos. El mismo Luzán en el siglo XVIII lo defiende en su propia Poética. Pero la otra circunstancia, la de que sea la realidad la que imite al arte es la interesante. Eso significa que el arte tiene no sólo magnetismo, sino capacidad para modificar la realidad. Y prestigio. Si modifica la realidad es porque puede hacerlo, porque los humanos le permitimos al arte modificar nuestra forma de vivir. No tengo ninguna duda de que el cine porno ha modificado el modo de vivir de muchos de nosotros. Aún recuerdo como un amigo nos contaba la primera vez que tuvo relaciones sexuales. Decía: ha sido increíble, he hecho lo mismo que en las películas porno, la he puesto en esta postura, luego en la otra, luego en la otra, … El modelo a seguir para él era el del cine porno, el único que conocía. También era su único bagaje sobre el tema, el único ejemplo que tenía y por lo tanto lo siguió al píe de la letra. Su primera vez pudo estar guionizada o coreografiada por cualquier trabajador del cine porno. Primero os ponéis aquí, luego allí, luego hacéis esto, luego lo otro. Sólo que él lo hizo más rápido. Y menos estético. En ese momento tan crucial de su vida el único referente que tenía era el ficticio. Y fue ese el que aplicó a la realidad. Así, la realidad se vio modificada por el arte (sé que a lo mejor es excesivo llamar arte al porno, pero no encuentro otra palabra que pueda usar). Habría que hacer una encuesta de un tamaño considerable para saber realmente la influencia que ha tenido el cine pornográfico en la forma de vivir la realidad sexual en muchos españoles. Para los que se han criado con el ejemplo directo del porno, el sexo ha de ser de una manera, tal vez estereotipada, pero muy clara, muy definible, muy identificable un reflejo de eso que han visto en la ficción, en las películas. Para los que lo hicieron antes todo fue más intuitivo, más casual, probablemente más inocente y también más científico, más basado en el ensayo y el error hasta que aquello funcionara. Toda una generación ha estado influida por el porno. Y para esa generación hay una serie de prácticas que siendo habituales en el cine lo han de ser también en la realidad. El ejemplo más claro parece el del sexo oral. Si bien tenemos testimonios antiguos de las prácticas de sexo oral, no parece que durante mucho tiempo estuviera tan extendido como lo está ahora. Y sobre todo que gozara de tanto prestigio como el que goza actualmente. Igual que determinadas posturas. Si un héroe del prestigio de Nacho Vidal o Rocco Siffredi llevan a cabo una práctica, ¿por qué no voy a hacerlo yo? El porno ha producido, por lo tanto, un efecto contagio en la forma de practicar el sexo en nuestra sociedad. Probablemente ha contribuido a eliminar prejuicios. También a poner de moda estéticas (depilaciones) y prácticas y posturas. Así pues desde un elemento ficticio, artístico si queremos, se ha producido una modificación de la realidad. De una realidad muy amplia y muy concreta además. El cine porno ha servido de ejemplo y ese ejemplo se ha seguido. Y la realidad ha quedado transformada.
Podríamos decir, sin embargo, que el cine ha tenido otros efectos. Recordemos un episodio de Friends. En él Joey y Chandler consiguen acceder a un canal porno sin pagarlo. Y lo tienen puesto veinticuatro horas por miedo a que se lo quiten. La visión continua del porno les hace ver la realidad de una manera distinta. Les hace pensar que la vendedora de pizzas se les desnudará al entregarles el cambio, les hace pensar que en el ascensor la compañera de trabajo o la desconocida se sentirá caliente y practicará con ellos sexo en aquel mismo lugar. Es decir, su perspectiva de la realidad ha sido variada por la constante visión del cine porno. Una especie de caso Quijote, pero en el plano sexual. Es probable que este efecto también se vea en nuestra sociedad. Ver muchas películas porno donde la forma de conseguir sexo es sencilla, fácil, común y continua ha hecho que el mismo sexo se vea de esa manera y que la forma de conseguirlo ha de ser así. No se precisan citas. No se precisan gustos o relaciones más o menos trabajadas. Viviendo una situación cualquiera se puede conseguir. Y cuando no es así se pierde la perspectiva. El mundo deja de tener el mismo sentido que tenía. Deja de ser comprensible para el aficionado a las películas porno que ve cómo la realidad no responde al estereotipo, a la ficción, a lo que debería ser. Esto produce una frustración, como la producía en Joey y Chandler que tienen que quitar finalmente el canal para vivir en la realidad. Si el mundo es tal y cómo lo representamos en la ficción, ¿por qué sin embargo es tan difícil echar un polvo? En la realidad, claro.

lunes, 21 de febrero de 2011

MEMORIA. CREATURA Nº 61

No podría decir la razón pero últimamente todo me vuelve a ti. Y eso siempre es lo peor. No saber la razón de las cosas. Desde que empecé a acostarme con ella, a saber que la quiero, que estoy enamorado de ella ha aparecido tu recuerdo. Deberías saber que he estado mucho tiempo sin pensar en ti, que ni siquiera cuando me hablaban de ti pensaba en ti. Era como si hablaran de otra persona distinta, de una persona que yo había conocido y que tenía tu nombre, una persona que estaba en los mismos escenarios y con los mismos personajes que tú, pero no eras tú exactamente. Había conseguido sustituirte por otra, por una mujer que no eras tú, una mujer que tenía tu cuerpo, tus palabras, pero que no eras tú. Había conseguido eliminar lo esencial de ti en ese recuerdo. Supuse durante ese tiempo que todo lo había creado yo de alguna manera. Que no habían sucedido las cosas tal y como las recordaba. Y que por eso todo pasaba de ese modo. Por eso te podían mencionar sin que yo pensara nada. Sin que yo pensara en ti. Pero desde que ella está en mi vida tú estás empeñada en volver. Una imagen en una revista. Una mujer fuma. Su escote es pronunciado y parece mínimo. Su muñeca baja con displicencia mientras sujeta el cigarrillo. Los ojos son grandes. El pelo parece negligentemente peinado. Esa misma pose la tenías tú mientras fumabas. Tiene incluso el mismo escote mínimo e insinuante al que me asomaba. Se me ocurren las mismas palabras que entonces yo te decía al oído. Las mismas palabras sobre tu sujetador. Sus muslos blancos y mates aparecen entre la sábana. Ni tus muslos ni los de las chica de la imagen serán tan mates ni tan blancos. Todo parece ahora irreal. Las palabras en tu oído. Tus miradas. Tus escotes insinuantes. Tus preguntas. Tu cigarro. Nada de eso parece haber sucedido. En ese tiempo yo recreaba un futuro que nunca podría existir. Incluso entonces lo sabía. Y tú mejor que yo. Aunque siempre estuvieras poniéndome a prueba. Aunque siempre pareciera un aspirante al que tú examinabas. En ese futuro tú estás en mi cama como no lo estuviste nunca, en mi cama como sí lo está ella. Tus muslos desnudos y seguramente no tan mates como los suyos eran los que se aparecían entre las sábanas probablemente más lujosas, más sedosas que estas que nos resguardan ahora a ella y a mí. Caminamos por la calle mientras tú me coges del brazo y yo protesto una vez más, pero me miras y te ríes y yo me río y te aprietas aún más contra mí y no puedo evitarlo y no puedo protestar si quiera y te quedas ahí agarrada. Ella nunca se agarra a mi brazo y por eso la quiero tanto. Nuestra casa es grande y luminosa y no está aquí donde vivo yo. No está con la gente que quiero estar. Está lejos de todo lo que siempre he conocido y amado. Lejos de ella, por supuesto. Pero estás tú cada vez que me asomo al jardín o cada vez que voy a salir de casa y te doy un beso aunque esté tan enfadado contigo que en realidad te odio casi con todo ese odio que sólo tengo guardado para mí. Y tenemos lugares habituales y gentes que me saludan con la mano y me preguntan por ti. Y voy a sitios que no son míos sino que son nuestros. Me agobia tanto este pensamiento que tengo que girar la cabeza hacia esos muslos blancos y mates. Mis manos se acercan y los acarician una vez más como lo haría si fueras tú y ese el futuro. Pero no lo es. A pesar de que aparezcas una y otra vez con una insistencia que no comprendo. Este juego de mi mente es absurdo porque no llevará a ningún lado. Porque no podré pagarlo con nadie. No podré pagarlo con ella que duerme ahora mientras yo miro a la pared. Tú te hacías pequeña a mi lado. Me lo decías continuamente. Me siento pequeña contigo. Ella se agiganta y es más de lo que parece. A mí me da mucho miedo. Porque estoy condenado a perderla. A ti no te perdí. Las otras siempre me dieron igual. Las eché. Otras han pasado, por un rato, por mi cama. Más parecidas a ti que a ella. Más pequeñas. Con unos senos mínimos e insinuantes. No lo digas. No te intentaba sustituir. Nunca te amé. No necesité ocupar tu espacio. Otras pasaron por mi cama y ninguna me hizo pensar en ti. Ninguna me recordó el deseo que tenía de ti. Pasaban y las echaba. Ninguna dormía como duerme esta ahora a mi lado. No sé si a ti te hubiera echado. No sé si lo hubiera hecho como lo hice con ellas. A esta mujer de ahora no puedo echarla. Porque el vacío que deja es más grande que todo el espacio que necesito. Por eso sus muslos tan blancos y tan mates están ahora en mi cama mientras ella duerme y yo no. Tú estarás persuadiendo a alguien de algo. Seduciendo a alguien. Haciéndote la posible. Como esa mujer que fuma en la fotografía. La memoria de los últimos días permanece en mi memoria. Me dijiste que te gustaba la realidad que yo inventaba para ti. Para ella no tengo que inventar la realidad. Con ella me basta con vivirla. Espero que a ella también. Esa memoria permanece. Algo tendré que hacer para borrarla.

UNA EXPLICACIÓN. CREATURA Nº 60.

Se trata de explicar el mundo. Pero no a través de un sistema complejo de ideas y realidades expuestas con más o menos rigor filosófico, con más o menos ideas concretas y correctas, sino de explicarlo de una forma simple y abarcable.
Ya las primeras narraciones, los primeros visos de ficción trataban de explicar la realidad. Eso son los mitos antiguos, los cuentos que de forma oral pasan de un miembro a otro de una tribu o un grupo. Se trata de explicar el mundo, de poner orden en la realidad, de hacer que el mundo de menos miedo, sea más apacible para nosotros. Así se explica cómo ha llegado el hombre a vivir, cómo consiguió el fuego, cómo se formó la tierra. Una explicación para unas realidades complejas que no sabemos explicar. Y que calman un poco nuestra ansiedad, nuestras inquietudes, nuestros miedos.
En cierta forma siempre ha funcionado así la ficción o más que sólo la ficción todo el arte. Como una manera de explicar el mundo, o al menos la parte del mundo que conocemos. Si al mito le sustituyeron pronto la ciencia y la filosofía, al arte, a la ficción y su capacidad expresiva y explicativa no ha podido superarla nada. Aún sigue vigente como la manera más útil en que alguien puede contar su visión del mundo, su realidad. Y de ahí tratar de explicar o representar toda la realidad o una parte de ella.
Porqué la ficción y no la filosofía o la ciencia, es simple, la ficción es muy accesible para el que la crea y también para el que la recibe. Emisor y receptor pueden entenderse con facilidad, explicarse con facilidad y sin conocimientos previos, sin un vocabulario o un bagaje extenso. Simplemente hace falta receptividad y capacidad expresiva. Nada más. O ganas de contar y ganas de que te cuenten. Por eso la ficción es más usada que la filosofía o la ciencia. Es mucho más falible y mucho menos exacta a la hora de hacer comprender la realidad, a la hora de expresarla o definirla, pero muchas veces es más directa y más cierta, por su capacidad de empatizar con el receptor. El receptor se siente mucho más cercano, por tradición, por convención, por costumbre, de los mundos ficticios, que de la filosofía o la ciencia. Muchas veces recordará el receptor una explicación del mundo que le ha llegado por la ficción y le parecerá absolutamente útil, necesaria y verdadera. De ahí que las frases o las historias de la ficción sean tan utilizadas en la vida cotidiana. Que podamos decir sin temor a equivocarnos, porque lo hemos visto representado y acertado, “todo el mundo miente” y sepamos que es cierto.
La ficción, el arte, van dejando un poso de realidad y de representación de la realidad en el receptor. Así, sabiendo que una película no es un documental, que lo sucede en ella no es cierto ni lo será nunca ni nunca lo ha sido por más que pueda estar basada en hechos reales, sabremos que nos explica el mundo. Puede que un mundo muy reducido, puede que simplemente cuente una historia de amor, pero esa también es una forma de contar el mundo, una de las partes del mundo.
Un ejemplo claro está en la fotografía. Decimos siempre que quien hace la foto no sale en ella. Pero no es totalmente cierto. El primero que sale en la foto es el que la hace, porque lo que vemos finalmente es lo que él vio, lo que vemos es su mirada, sus ojos. Nos devuelve su mundo como si fuera un espejo, nos muestra lo que él vio en ese segundo. Una mujer hermosa, un paisaje seco. La fotografía es los ojos del fotógrafo, el mundo del fotógrafo. Igual sucederá en la pintura y en cualquier narración, donde el narrador se situará en un punto y desde ahí nos trasladará lo que vea o imagine, nos trasladará su visión del mundo, su idea del mundo. Ahí vemos como la ficción, el arte, nos representan el mundo, nos lo muestran. Y siendo como es la ficción o el arte un hecho individual (la mayor parte de las veces al menos) lo que nos llegará es la representación o la visión personal del mundo que el artista, el pintor, el escritor o cualquier otro tienen. El filosofo ha de crear un sistema de ideas, unos conceptos, ha de manejarse con la realidad, ha de exponer la realidad y saber que lo hace así. El artista ni siquiera tiene que saber que lo está haciendo para hacerlo. Es la gran ventaja de la ficción como explicación del mundo. No requiere nada. No necesita nada. Nos contará la realidad aunque no quiera.
Es como ponerse delante de un espejo, la ficción nos devolverá una imagen de la realidad aunque no queramos que sea así. Al tratar de contar una historia se desprenderá de ella una imagen de la realidad, como se desprende una imagen al ponernos ante un espejo. Unas veces será sin más un espejo, otras será un espejo deformado, otras será un detalle del reflejo, pero eso es la ficción, un espejo del mundo, una imagen, tal vez descolocada, volteada, de la realidad, pero eso al fin y al cabo: una explicación.

jueves, 30 de diciembre de 2010

AQUEL DICIEMBRE. CREATURA Nº 59

No sé si puedo contarlo bien, porque no recuerdo bien las cosas. En realidad no sé si puedo contar nada. No sólo porque no recuerdo bien las cosas. También porque muchas veces tengo la sensación de que no estoy realmente recordando nada, sino de que estoy inventando. De que estoy inventando no tanto un relato como mi propia memoria. No sé si puedo contar nada sin correr el riesgo de estar mintiendo y de estar mintiéndome. Todo me parecía y me sigue pareciendo irreal. Tengo la sensación de que las cosas no pasan realmente, la sensación de que las invento o alguien las inventa para mí, la sensación de que hay un tipo metido en mi cabeza empeñado en crear una realidad que seguramente no existe. Recuerdo cosas y no tengo muy claro que hayan sido ciertas. Recuerdo por ejemplo un atardecer en la playa. No es posible que haya mucho error en mi memoria porque no he pasado muchos días en la playa. Pero no parece un recuerdo mío. Parece que lo he visto en una película. O que tal vez lo he soñado. Y se ha quedado ahí guardado como cierto. Mi memoria, mi cerebro al fin y al cabo, no puede decidir si es cierto o es falso ese atardecer. Y creo que cada vez le añade más detalles, más cosas. Elimina gente, porque es un atardecer en la playa perfecto y sin embargo no hay nadie alrededor. Estoy solo como en tantos y tantos recuerdos perfectos. Aunque realmente los recuerdos que mi mente perfecciona son los tuyos. Por eso empecé a anotar las cosas, para ver si mi cerebro me estaba engañando y me estaba engañando tanto como yo sospechaba. Y empecé además a ir hacia atrás y a preguntarte a ti y a otros que andaban por allí si realmente las cosas sucedieron como yo recuerdo o si sucedieron de otra manera. Por eso no sé si puedo contarlo bien, no sé si puedo contar nada. Al anotar las cosas y confrontarlas con mi propia memoria las cosas fueron quedando más claras. Por un momento temí mentir también por escrito, estar escribiendo más una novela que mis recuerdos. Pero dejé de dudar de eso. No puedo dudar absolutamente de todo, me dije. De algo tengo que fiarme. Y decidí que sería de esas cosas que iba apuntando. Sólo las que empiezan en la primera entrada de ese diario. Sólo a partir de aquel diciembre. Sé que no recuerdo bien las cosas porque cuando hablamos tú me dices, no, eso no fue así. Por lo tanto es cierto que no puedo contarlo bien. Pero creo que es necesario que lo cuente, o al menos que me lo cuente a mí. Creo que hay algo de reafirmación de mí mismo en eso, algo de salir de la irrealidad que siento a veces. (Aunque no lo creas cuando a veces alargo la mano y te toco no es tanto por tocarte a ti, sino por saber que yo soy de verdad y que puedo tocar cosas. Lo tangible ha de ser cierto. Y si puedo tocarte es que yo soy cierto. Tiene además la ventaja de que me cercioro de que tú también eres cierta.) Si tengo una historia que contar, si voy protagonizando sucesos, sucesos en los que además apareces tú, fuente de realidad, es que soy real y significa que de una manera u otra todo eso que voy contando va sucediendo. Por eso a veces dejo el diario como olvidado por ahí. Para que tú lo leas y puedas saberlo. Y veas lo que estoy contando. Y sea todo más cierto. Y puede que un día me digas, no, eso no fue así. No sé si puedo contarlo bien, porque no recuerdo bien las cosas, pero lo voy a contar tal y como lo recuerdo. Recuerdo que lloré. Tu cuerpo estaba desnudo y las sábanas eran blancas. Eran las sábanas más blancas que he visto jamás. Tu cuerpo desnudo también era blanco. Sé que aquí hay algo de mentira porque te recuerdo más perfecta de como eres realmente. Hace un momento te he vuelto a ver desnuda. Y sé que tus piernas son más gordas. Que tienes pequeños granitos en algunas partes que en mi recuerdo no aparecen. Que tu piel es más mate de como mi mente dice. Pero recuerdo que lloré y que tú estabas desnuda y boca abajo en las sábanas blancas de una cama que era enorme. Esa fue la primera vez que te toqué para comprobar la veracidad de lo sucedido y sobre todo para comprobar que tú y yo éramos ciertos. Al notar mi mano tú giraste la cabeza, despertaste y sonreíste. Me dijiste ¡tonto! Y a mí me dio mucha vergüenza estar llorando allí mientras tú sonreías. Acabábamos de acostarnos por primera vez, pero esas lágrimas me parecían mucho más íntimas que toda la desnudez y el sexo, que todos los intercambios que habíamos tenido, que todas las palabras que tú y yo habíamos dicho y que diríamos en mucho tiempo. Dijiste ¡tonto! muy alegre, como tantas veces me lo habías dicho y como tantas veces me lo has repetido después. Y me viste llorando. Pero no te asustaste, creías que sabías lo que sucedía, así que levantaste la cabeza de la almohada y me besaste. No pasa nada, no es nada, ya nos apañaremos, dijiste. Pensaste que sabías por qué lloraba. Y aunque yo no te mentí, no te dije la verdad. No te dije que lloraba por lo mismo que sigo llorando a veces cuando no me ves, no te dije que lloraba de miedo.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

DOS HÉROES. CREATURA 58.

Dentro del amplio mundo del cómic hay un gran número y tipo de héroes. Desde los héroes que lo son a su pesar (recordemos los personajes de Luis Durán) hasta los que quieren serlo sin tener para ello cualidades o especiales habilidades (El búho Nocturno de Wachtmen). Pero quizá la pareja más contraria y destacable de superhéroes la encontramos en Superman y Spiderman.
Tenemos en ellos dos tipologías de héroes absolutamente contrarias. Desde la misma forma de conseguir sus poderes hasta la influencia que estos tienen en ellos son diferentes, y pese a ello, son tal vez los dos héroes más famosos de la historia del género.
Superman recibe sus poderes desde su misma llegada a la tierra, lo que equivale a decir que nace con ellos. Es decir que le son consustanciales, no puede quitárselos, no puede obviarlos, está acostumbrado a ellos y se ha preparado para ejercer su papel de héroe desde que llegó a la tierra. De hecho su mayor esfuerzo lo realiza en hacerse otro, en disimular su poder.
Spiderman sin embargo consigue sus poderes cuando ya es casi un hombre adulto. Su personalidad ya está formada, sus valores, su moral, su inteligencia. Además estos le llegan desde un accidente, no los merece, no los espera, le son otorgados y tiene que acostumbrase a ellos. Tal vez en la película de Sam Raimi esto se vea mejor. Vemos a Peter Parker intentando aprender a usar sus poderes, y fallando, hiriéndose en el intento. No imaginamos a Superman haciendo prácticas. Él ya sabe lo que tiene entre manos.
Otra importante diferencia entre ambos es su propia personalidad. Mientras que Superman es el héroe perfecto, el chico guapo y alto del campo que representa todos los valores perfectos del sueño americano, el ganador, Spiderman es un perdedor, un inadaptado social que perfectamente podría protagonizar un episodio de Big Bang. Spiderman está acostumbrado a que los matones le persigan, está incluso perseguido por su propio trabajo de superhéroe, siempre en el punto de mira de la ciudad como personaje ambivalente, donde unos le ven como causante de los males y otro como hombre que los resuelve. Spiderman es un perdedor, y tal vez ahí esté el gran acierto de su creador. Construye un personaje que gana sus poderes, pero es un perdedor, una rata de laboratorio, como lo son millones de lectores de cómics en todo el mundo. El proceso de identificación con Spiderman es evidente, es uno de los nuestros, sin embargo ¿quién se identifica con Superman? Es un extraterrestre, un hombre de acero, ajeno a todo lo humano. Vemos que mientras Superman representa todos los valores americanos, Spiderman puede presentarse como un héroe global. De hecho vive en la ciudad mundial, Nueva York, en la más cosmopolita de todas, en la que todo el mundo parece estar representado. Mientras tanto Superman aparece enarbolando la bandera de Estados Unidos en una foto que podría firmar cualquier presidente republicano. He ahí la segunda diferencia, el ganador y el perdedor.
Tal vez de ahí venga la tercera, la forma de actuar en materias heroicas de ambos héroes. Mientras Superman parece estar por encima de las cosas dado que estas no le afectan, Spiderman es un héroe al que siempre le cuesta ejercer su heroísmo. Siempre acaba cobrando, recibiendo. Un hecho más para hacer que Peter Parker nos sea cercano. Es humano, falla, se equivoca, pierde. De hecho su lema es “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad” porque muchas veces querrá no ser un héroe, no detentar la responsabilidad. Nunca veremos a Superman fallar. De hecho es necesario crear un objeto que hiera a Superman para hacerle batible. Spiderman no tiene criptonita. Todo le hiere. Es como un lector más. Una bala puede matarle. Nada hiere a Superman. Spiderman se divierte haciendo lo que hace. Sin embargo Superman lo toma como su trabajo diario. No hay ironía en sus palabras. Ni diversión. Sabe que finalmente acabará ganando. Sea como sea. Spiderman en cambio se sabe humano, se sabe mortal y afronta sus proezas con disfrute. O lo que es lo mismo, Superman es perfecto, Spiderman imperfecto. Superman es un objetivo, algo a lo que aproximarse, Spiderman está ahí, es uno de los nuestros. De ahí que, una vez más, todos soñemos con ser Superman, pero nos veamos como Spiderman.
Y la última diferencia que destacaremos es su papel como hombres. Spiderman es un hombre y lo seguirá siendo, sin embargo los principales problemas de Superman le vienen cuando se siente un hombre y quiere ser como los demás, sabiendo que es imposible. Ese es el gran drama de Superman, no poder ser humano. No poder ser como el resto, amar y sentir como el resto. En el otro lado el humanísimo Spiderman, enamorado, azotado por el desamor y la pérdida y el dolor, como uno de nosotros.